Mi vida es y siempre ha sido una sucesión de sinsabores y sinsentidos, la prueba de que el ser humano es eternamente insatisfecho y que siempre queremos lo que no tenemos y no apreciamos lo que ya es nuestro hasta que deja de serlo.
Acá mientras sufro mi alergia matutina que ya va para medio día recordé que hace años, durante un curso de computación, el instructor, que era un par de años mayor que yo, me comenzó a tirar la onda y una semana antes de finalizar el curso finalmente se me declaró y me dijo de salir cuando ya no fuéramos profesor y alumna. No recuerdo cómo lo bateé, pero lo hice. Porque obviamente yo andaba clavada de alguien que ni caso me hacía. Y no es que siempre haya sido así, pero es una constante: suelo ignorar a quien está y enfocarme en quien no.
Y culpo a todos menos a mi.
Todos los días me digo y me repito que todo son imaginaciones mías y que ya debo bajarle a la intensidad y que debo escribir solo cuando me escriban (a ratos creo que él piensa lo mismo ya que no escribe tan a menudo como antes) y pues acá estoy, escribiendo aquí para no irle con la historia de lo que sucede en todas las horas que llevo sin escribirle (já, justo suena de fondo «Wicked Gane») y a la par espero que pase como las veces anteriores y me escriba por el puro hecho de yo andar acá deseando que lo haga. Sospecho que no pasará. (Pasó. A «destiempo», como siempre.)
Ahora que ando de recordadora, creo recordar que hubo 5 o 6 chicos a los que me esforcé por no darles ni la más mínima señal de interés y aún así ahí andaban. En ratos como estos me pregunto qué habrá sido de ellos. La mayoría fue en la secundaria, hace siglos, para muchos la preparatoria es su etapa favorita y más significativa, a mí me encantó la secundaria, recuerdo a casi todos mis excompañeros.
En la prepa me atonté y agarré novio desde la primera semana y estuvimos juntos por 4 años, cuando ya en el nuevo y diferente ambiente de la universidad caí en cuenta de que eso de andar por tanto tiempo con él, con su forma de ser, había sido más por cercanía y costumbre que por otra cosa. No tuve «tantos» novios luego de que él me dejara, porque para colmo fue él quien se dignificó y me dio tiempo para «pensar y darme cuenta» de que él era el amor de mi vida. Tal cual. Ni de lejos lo considero un amor relevante, pese a los 4 años de relación, que tuvo sus momentos lindos y tal, pero a estas alturas, cuando uno ya ve todo diferente, «más claro», estoy totalmente segura de que fue eso: la costumbre. Y siempre me viene a la cabeza la frase de una canción: «es verdad que la costumbre es más fuerte que el amor.»
El primer gran amor de mi vida fue un pinche desgraciado. Y eso es todo lo que diré al respecto, ja ja ja
El segundo es imposible de catalogar, fue el constructor de la montaña rusa en que suelo subirme con frecuencia. (Hace poco me envalentoné y borré todos los emails que conservaba, me sentí liberada. De él sí ya estoy totalmente desenamorada. Pese a que aún conservo cartas suyas por la pura nostalgia y el romanticismo que me evocan.
Cuando finalmente acabó la historia con el segundo gran amor de mi vida empezó este torbellino del que no sé si algún día escaparé. Y no es queja, ya me acostumbré, me gusta estar con esta incertidumbre de no saber qué va a pasar, de pese a ellos imaginar a detalle todos los posibles escenarios, y a la par no hacer gran cosa por encaminarme a alguno. Todos los días pienso en que hacer una sola cosa diferente me llevaría totalmente lejos de donde termino cada día. Pero en eso queda, en solo pensarlo.
La alergia finalmente va cediendo. Pero ya rete pasó de medio día. De menos hoy no tengo un tarde tan ajetreada como las anteriores. Tengo mi pila de pendientes, como siempre. Ahora mismo debería ya estar escaminando mis pasos a casa para ocuparme de los pendientes que tengo allá, pero acá sigo, haciendo memoria sobre qué otro es que iba yo a escribir y preguntándome si será mejor seguir dejando esto «así» o ya buscarle un final y publicarlo de una vez. Porque mis mil manías no me dejan hacer algunas cosas, como el tener que releer para ver que no queden errores ortográficos/sintácticos… Así las cosas.
Manuel, Luis Miguel, Milton. Otra de esas casualidades incomprensibles que vengo a notar hasta ahora. Los tres tienen un nombre que inicia con M. En serio tengo que hacerle caso a mi intuición y comprar un billete de lotería, o de menos no hacer/decir/escribir lo que mi cabeza dice que no debo, me ahorraría tantos líos… ¿Pero qué sería de mi vida sin el drama diario que me autoasigno? Hasta la batería de la bocina se acabó indicando que es momento de cambiar de aires. El aire que sopla el ventilador es todo menos refrescante. Hay que ir a la rutina «de allá» para luego regresar a la «de acá». Y así hasta que se termine «mi último» día laboral y empiece la noche. Para a deshoras como siempre estar pensando en lo que pude y debí escribir acá y lamentarme por no haberlo hecho y no poder hacerlo en el momento. ¡Ah, mis preciosos círculos viciosos!
Nos leemos luego.
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