No era insomnio propiamente, ni añoranza, fue simplemente ir con la corriente, no resistirse. Pasan mil cosas en un segundo, infinitas posibilidades que coexisten todas a la vez y sólo una sale airosa, pero las demás, de alguna manera, persisten.
Tú, que quizá leas esto, tu recuerdo lo desató. Se desató, escapó, como el prisionero de la mazmorra olvidada cuya llave de su celda se extravío hace años y el mismo paso del tiempo le dio la libertad añorada. Se oxidaron las cadenas, cayeron solas, los barrotes se aguadaron en sus sitios, la puerta se desintegró sola. Y saliste, pero en vez de huir, de escapar, te quedaste, como siempre has hecho, te aferraste a las paredes para que el viento no te soplar lejos, te metiste, te conectaste y revolviste cachivaches igual se abandonados que tú. Mi corazón de condominio ya no está para estos trotes, este galope que ha cesado intermitentemente solo a ratos empieza a dolor, ah, pero es un dolor tan dulce. Es un dolor que no duele como fuera de suponerse que doler debiera, así lo quiero escribir, así va saliendo.
Vamos a escribir lo que consiguen atrapar estos seres que aquí siguen habitando antes que mis ojos se apaguen.
Cuando suelo hacer recuento de daños, nunca te cuento, ni por asomo apareces, no tienes un mote especial, porque tú no me hiciste daño, yo huracané tu vida. Y al parecer la factura por los daños finalmente llegó.
Sigue retumbando aquí. Se sigue escapando el aire.
Toda mi vida he estado cazando certezas, persiguiendo tréboles arrancados por el viento.
No me hiciste daño. Me lo hice yo sola. Auto sabotaje, como siempre, (por redundante que se oiga), construí barreras que sabía que no intentarías destruir, levanté bardas que sabía que no saltarías. Eres, me das, esa absurda certeza que siempre anduve buscando.
El primero todos saben ya la historia, la debacle, el meollo del asunto. Tan grande fue ese desastre que por siempre quedaron marcados los surcos. De ahí surgieron las varas con que se fueron midiendo los siguientes. Tiene que ser así de trágico el primer (gran) fracaso del amor. El segundo y tú coexistieron, ahora lo veo claro, pero lo dicho, no te cuento, no te recuerdo, no te tengo en esa lista, porque en verdad no fuiste tu, fui yo. (Extrañamente ningún hubiera levanta la mano. Todo está calmo. Claro. Indemne.) Por ello el segundo es el segundo y tardó tanto que apenas hace unos año finalmente fue. Con la madurez que uno adquiere luego de varios chingadazos mutuos. (Finalmente uno levanta la mano, señalando lo obvio, ¿por qué no reculé, sólo lo necesario, para volver a emparejar nuestros caminos? Porque si algo soy y lo tengo bien claro es: rencorosa, orgullosa y vengativa. No era posible, no es, sencillamente. Pudo ser y no fue. Tan tán.) Decía, acabó ese asunto finalmente, y se reseteó de alguna manera el marcador. Volvimos al juego luego del tiempo extra y los penales incontable: su culpa, la mía, la suya, la nuestra. (Ya no duele. Esto de ahora en cierta forma eres tú, esa sombra que se quedó aquí agazapada en un rincón.)
El asunto fue, no era tanto prisión donde has estado por años, es una vitrina, con veintemil pegatinas encima, rayoneadas, sobre escritas, agregadas, añadidas, arrugadas, troceadas, con el dejo de donde anduvieron unas que ya no están. Eres el modelo que quedó exhibido para futuras referencias.
El muñeco que dejas en la caja porque ya está descontinuado y sabes (muy bien lo sabes) que no habrá jamás otro igual y por ello lo atesoras.
Suena tan estúpido e irónico todo esto. Pero así es. Los hubieras no volvieron levantar la mano. Un hubiese sólo se aventuró a decir que sí efectivamente es maldad de mis seres el seguir azuzando el fuego sin que mis lentes estén donde deben.
Lo dicho, hay cosas que no recuerdo, lo también dicho, mi memoria selectiva siempre hace de las suyas. Esa caja de Pandora no ha dejado de emanar asfixiamiento moderado. Tiemblan las paredes de manera casi imperceptible pero constante.
Yo también te amé, te amo y te amaré.



