Por vivir donde vivo me he ido haciendo de una capa de «in impresionabilidad», esto es, no le veo el encanto a recorrer el parque, el malecón, ir al mirador, comer la comida típica. Pero cuando uno ve cómo los visitantes se maravillan, es inevitable sentir orgullo, Me gusta mi pueblo, pero he estado aquí tanto tiempo, que ya me acostumbré a él. Aunque sostengo que deberían visitar Chiapa en Enero al menos una vez en la vida, tiene su encanto estar recorriendo las calles de este pueblo en esas fechas de quincena. No consigo imaginarme cómo serían sus semblantes si les tocara andar por estos rumbos en esos días. Mi domicilio sigue siendo el mismo, cáiganle cuando gusten. Nomás avisen un par de días antes, que así aparecidos de la nada tampoco. (LOL)
(Soy muy mandona, y mi carita de ángel hace que no se me resistan, pero deberían, aunque tendrían que atenerse a soportar mi ira, XD)
Me resistí hasta el último minuto a emprender una aventura. La verdad es que no sabía qué era lo que motivaba a los otros a casi pegarse a los vidrios y comenzar a saltar cuando los vieron. Mi cerebro funciona raro, eran y son «un simple par de personas», dos tipos chidísimos que me alegro de haber conocido, pero no son esos personajes ficticios que escucho casi a diario. (Mi salud mental me agradece.) Sí abrazan rico, y te devuelven la sonrisa, y te prestan atención. Aunque les guardaré rencor por siempre por no haberme reconocido a simple vista, que yo de alguna manera lo hice. Que escondo mi nombre pero mi jeta la tengo siempre visible, así que no sé de dónde resulta que de repente no me parezco a mis fotos. Uno más entre tantos rostros, pero bueh. No me arrepiento de haber dormido poco y quedádome sin un peso. Valió la pena el pinche estrés, los desvelos, los madrugones, el alterar completamente mi rutina, el tirar y estirar de todos los cables hasta conseguir acomodar las cosas de forma que pudiera «cumplir» con todos los compromisos pactados. Así como vinieron así se fueron los dolores de cabeza. Y hasta los demás dolores. Sostengo que son un par de brujos camuflados. Tienen esta aura tan chida que uno no puede estar indiferente en su cercanía. Ahora los entiendo, pero (hay un pero) aun así no creo que cuando se de la oportunidad de verlos de nuevo comparta esa locura casi histérica que les da a los demás. Aunque no diré: «de esa agua no beberé». Apenas dejé de verlos y me quedó esta pinche sensación nostálgica, este pequeño pero significativo vacío que dejó su partida. Pero yo aprendí a sobrellevar las distancias, que los conocí estando en el espacio, orbitando, esto no es nada. Ya pasará. A según.
(Lavé no sé cuántas docenas de ropa.)
De alguna manera terminé enredada en más pendientes de los que había tenido en largo tiempo. Con varios eventos en fechas cercanas. Con cosas por hacer. Y eso que no suelen funcionarme las cosas cuando las pienso y planeo. Pero el pequeño cuarto de la casa ya lo dejamos «arreglado», solo le faltan las repisas, mudar el restirador, llevar mis tiliches, decorar la otra pared, acomodar unas cuentas plantas, hacerles sus macetas… Solo. Por mientras el suelo se seguirá llenando de basura y pintura en lo que termino con los demás pendientes. Maldeciré el haber olvidado cargar con un plumón negro. No todo lo planeado y pensado tenía que funcionarme.
(La perrita «nueva» come papausas, las anda esperando que caigan y una vez estampadas en el suelo procede a comérselas completitas. Hoy anduvimos con el pendiente de no encontrarla por unos minutos, inseguro de si habría salido a la calle. No, estaba en el patio comiendo papausa.)
Caminé por Santo Domingo como luego de un rato no lo había hecho, «arreado» fuereños, procurando ayudar en lo que se puede, y en un desvío de la mirada encontramos un pingüino de peluche, de esos que hacen a mano y todo el rollo, pero no cualquier pingüino, este trae indumentaria de investigador privado, sus alitas hacen la vez de gabardina y trae sombrero. Se volvió la sensación al momento. Nos salió lo niños y le hablábamos y hacíamos como que nos contestaba. Incluso se coló en algunas fotos. Incluso lo dejaron de encargado de algo valioso, y salió victorioso. El gordo y yo no podemos dejar de juntar muñecos, para los hijos que aún no tenemos, aunque seguro nos resistiremos a dárselos llegado el momento. Se me antoja tanto hacer cortos con los muñecos bailando o diciendo tonterías. Malvado pingüino hermoso que me haces recordar a ese par. Yo que me hice a la idea de verlos hasta la noche y me los encontré «así fácil» luego de un par de minutos de no tan intensa búsqueda. Che pingüino.
(Aunque no son días de plantar cosas, lo intentamos, de nuevo conseguimos plantas.)
Descubrí una panadería que parecía nice pero al final no, el caso es, que compré una «oreja» y estaba tan pinche deliciosa que aprovechando la oportunidad que se dio de volver a la panadería, compré otras dos. No hubo tour gastronómico, al menos no uno planeado, pero procuramos que probaran lo más posible. El tiempo como siempre se obstinó en avanzar al paso de siempre y no quiso ir tantito más lento. Dicen que están flacos, que comen poco, yo los vi comer un chingo, con ganas, contentos, probando aquí y allá, repitiendo. El ego me obliga: ¿no será que más bien les estuvieron dando pura cosa que no fue de su agrado? Sonrío solo de recordarlos. Lo bien que me sentí de que mis elecciones recibieran el visto bueno. Con mi estrellita imaginaria en la frente. No los acompañamos a probar el café famosísimo. Pero compartimos el pan ese súper delicioso. No brindamos en ninguna de las ocasiones porque siempre fueron cuando no teníamos bebida en mano, Veo la bolsa de pan y me pregunto por qué no traje más orejas.
(Aún hay malas vibras rondando la casa. Al parecer ya no dentro, pero fuera no hay nada qué hacer, salvo rociar con agua bendita, lo cual seguro haremos. Aunque lo malo es que eso no le quita lo pendejo a la gente.)
Se me quedaron grabadas una frase y una imagen de cada uno: mientras olía su caballito de tequila, y cuando dijo «ese soy yo», entrando triunfal mientras aún sonaba la canción, su canción, en el bar lleno de gente. Me quedé con su voz repitiendo mi nick en un collage de entonaciones, y con esa facilidad con que se acoplaba a interactuar con quien se le pusiera enfrente. Cada uno sabrá a quién me refiero. Su forma de caminar, de pararse, de observar, el sentirme acosada por el cel que grababa de repente y exigía saludos, ese extraño fenómeno de verlos a la cara y no «distinguirlos» pero al escucharlos nomás, sentir la invariable sensación, la confirmación, de que sí eran ellos. El pinche ataque de risa que me dio el mismo día de conocerlos porque sonó exactamente igual a uno de los personajes. No tengo idea qué cantidad de recuerdos se vieron desplazados para acomodar todos estos. Ni me pararé a pensar en ello. Me gusta recordarlos sonriendo. Me gustan recordarlos hablándome con el nombre que solo unos pocos conocen. Recordar lo mucho felicitaron pese a lo incómoda que me siento, lo sostengo, si los demás tuvieran la misma cantidad de tiempo libre que yo tengo chance y salían mejor las cosas. Pero en esta realidad, me guardo los elogios, los dejo a buen recaudo y al alcance, para cuando se me vaya acabando la paciencia, para cuando me acosen los fantasmas, voy a recordar los apretones de mano, los abrazos, ese beso tan sincero y caballeresco en mi mano derecha. Sí, no soy tan mala como pienso. Tenía que verme en sus ojos para entenderlo. Y aunque sienta que el saco me queda grande, haré el intento por merecerlo.
(Yo que no soy de abrazar gente, de socializar, abracé a tanto desconocido, es cierto eso de que nos reconocemos entre la multitud, aunque más que nada, sería un nos entendemos y congeniamos, no con todos, pero con los que sí, no hay forma ya de cortar el lazo.)
Sin duda tuve un fin de semana muy familiar, con la familia de sangre, la que me tocó tener. Y con esta nueva familia que se ha ido agrandando. Los de aquí cerca, los que vinieron de no tan lejos, los que cruzaron fronteras. El mundo se volvió chiquito y todos confluimos en un mismo camino por unos días. Nos quedan tantos recuerdos, tantas risas, tantas anécdotas. Me quedé ronca, así sigo, sobrepasé con crecer mi limite diario, semanal, de palabras. Me quedó esta voz «sexy» que espero en serio suene más decente que la habitual. ¡Qué pinches días tan más provechosos! Y lo mejor, es que fue de alegrías compartidas. Por más de estos.
#FaltaKatyyy
#HubíeramosIdoALaCocinaEcónomica
