Archivo | agosto, 2015

De pérdidas, miedos y añoranzas

7 Ago

Yo fui una niña que aunque no jugó «tanto» en la calle, supongo que porque era niña, sí pasó su tiempo jugando con amigos en la escuela, jugaba sola en casa, me aventuraba en el patio que me parecía tan enorme y justo ahora estoy recordando a mi hermana peluda «Pelusa» que solía perseguirme por toda la sala mientras yo hacía como que le ladraba y ella me ladraba a su vez lanzando mordidas sin jamás alcanzarme, hasta que me tiraba boca abajo sobre el sillón y ella se quedaba a mi lado ladrando y mordiéndome el cabello… Uno nunca de extrañar a sus mascotas. Nunca. Y no es queja. Pensamos en Mercurio todo el tiempo. Y en todos los demás que de nombrarlos esto se haría larguísimo. Pero decía, que yo fui una niña que jugó a las escondidillas, a la Rueda de San Miguel, a la Víbora de la Mar, a ese otro juego que no recuerdo cómo se llama que era de hacer un circulo y todos escoger el nombre de un país y alguien debía decir uno y todos salíamos corriendo… Correr. Esa era la gracia de todo, correr, salir corriendo mientras te atragantabas de la risa, alegre porque corrías, alegre porque los demás corrían. Esperábamos con ansias la hora del recreo para poder correr.

(Ayer fui a regar a las plantas y arbolitos, que no ha llovido y si yo me muero de calor pudiendo ir a beber cuando se me antoja, ellas han de andar peor. Aunque las plantas son listas, las veo tan quietas, pero sus raíces han de estar todas en una sola dirección, justo hacia donde corre el agua que siempre dejamos correr luego de lavarnos las manos o cuando la lavadora termina de hacer lo suyo o cuando sencillamente dejamos una cubeta llenando y confiando en que el chorrito es lento terminamos volviendo cuando ya ha derramado todo un río. Hace tanto calor y en apariencia hay tan poca agua. Este mundo se va a acabando, es imposible seguirlo negando.)

Me tocó ser una adolescente cuando la revolución tecnológica empezó a aparecer. Los modems que hacían harto ruido. Las PC tan «enormes» ya aparatosas, el auge de los cyber cafés, lo novedoso y encantador de los «chats online». Nunca te creías que estabas hablando con alguien que estaba en otro país, incluso a un océano de distancia. Siempre solía preguntarles qué hora tenían, como para confirmar, como si fuera imposible que mintieran al respecto. Amé al Windows Messenger desde su nacimiento y aún maldigo su partida. Al Skype lo conservo pero jamás será lo mismo. El Yahoo Messenger me gustaba pero fui de las pocas que le dieron la oportunidad. Cuando tenías que juntar tus pesos para ir al cyber y a la par armar bien tu horario para encontrarte con la gente que querías. Cuando en casa tenías que ponerle algo encima al modem para que no hiciera tanto escándalo mientras se conectaba. Era genial todo en los 90’s. No tuve un celular «ladrillo» pero sí un par de Nokias y alcancé «el de lucecita». Cuando los celulares eran eso, aparatos para hacer y recibir llamadas, para enviar y recibir sms. Sólo texto, algún careto hecho con puntos, comas, paréntesis, guiones…

(Gracias al internet estoy aquí, gracias al internet «conocí» a gente que a la fecha sigue formando parte de mi vida sin haber estado presente en algún momento. Gracias al internet he podido desahogarme en cierta manera y no estoy en un psiquiátrico o preguntándome cómo terminé como terminé. Habría sido tan fácil que todo fuera tan radicalmente diferente con haber dicho: No. O Sí. En determinados momentos. No sigo usando la «misma» cuenta de correo porque en un arrebato pasional me dio por olvidarme de la contraseña. No sigo usando el mismo celular, ni tengo el mismo número, porque o se perdió, o lo olvidé. De repente eso de olvidar cosas se me da tan bien.)

Soy una mujer conflictuada con la tecnología, cuando escucho el viento moviendo las ramas de los árboles que están en el patio de la casa, ese patio al que paso días sin visitar pese a que está a solo unos metros. En algún momento dejó de gustarme salir. Y pese a que no me quedo en casa encerrada con la computadora, no salgo. Me quedo leyendo, durmiendo, escuchando música, con estos mis vicios tan arraigados. Y pienso, me pregunto: ¿qué tan del carajo estará el mundo cuando uno ya no salga? Cuando ya no escuches al viento, cuando ya no requieras ni que te de el sol, cuando no haga falta caminar, cuando hasta las mascotas sean virtuales. Si hacemos cuentas, no fue hace tanto tiempo que yo era una persona totalmente diferente. Es cierto que uno cambia al crecer.

(No uso tanto la tecnología como otras gentes, incluso esto, este blog, lo he ido dejando de a poco. Pero puedo pasarme horas viendo series, películas, animes. Desde que tengo un celular «inteligente» con pantalla «grande» me ice adicta a un par de jueguitos, en serio siento que cuando «me roban» mis recursos mi vida pierde un poco de sentido, pienso en las horas invertidas y perdidas en vano. Escribo notas virtuales porque en serio me da pavor estar escribiendo en papel, malgastando MÁS papel, en cosas triviales como listas de compras, recordatorios de cosas qué hacer. Solo aquí veo la utilidad de las apps para crear recordatorios, que te registras a ellas y tus listas de pendientes quedan guardadas «en algún sitio» y aunque extravíes el cel puedes recuperarlas. Mi memoria cuando quiere funciona, y cuando no, pues ojalá haya escrito todo los pendientes antes de ello.)

Quisiera que mis hijos jueguen en la calle, en el parque, con niños desconocidos, que hagan amigos, que se caigan, que se raspen, que lloren, que rían, que griten, que terminen tan cansados de jugar que no me cueste meterlos a la cama. Vamos a renunciar a la tv por cable (que tampoco es que la usemos tanto) y le pondremos capitulos de series y caricaturas viejas. Le mentiremos diciendo que en la pc, en la lap, en los celulares, no hay nada interesante. Haremos que jueguen con sus manos, con sus mentes, que dibujen, que lean, que escuchen. Con lo bonito que es andar soñando despierto. Quisiera que los hijos que no tengo se quedaran como niños por un buen rato. Quiero (como medio mundo ha de querer) ser una buena madre, que se den cuenta de cuanto los quiero y que sean felices.

(Yo fui una niña feliz, no fui rica ni tampoco pobre, y pocas veces me importó en realidad no tener esa muñeca (aunque seamos justos, aún me alegraría tener esa Barbie que se estiraba.) Tuve un montón de revistas «Barbie» pero un día vino a jugar una niña que ni tan mi amiga era que se encaprichó que las quería porque quería leerlas con su hermana más pequeña, que se las prestara y me las devolvería y así dejé de tener dichas revistas. Pura tragedia mi vida, je Decía: ¿cómo llegué a este punto en que en verdad me preocupa el dinero? No a nivel de querer juntar el más posible, sino de no tener la certeza de tener el «suficiente» y por ende estresarme en ocasiones.Nunca necesité muchas cosas, los juguetes que tenía los cuidaba, y los que no tengo es porque a mi mamá se le corurría que mis primos más pequeños podían quedárselos si querían ¬¬ Aún tengo a mis Barbies, una mezcla de Barbies «buenas» y de las de plástico, con sus cabelleras medianamente decentes y con un amplio guardarropa igual de variado. Nunca tuvieron muebles ni objetos oficiales, pero hay un poco de todo. Y los peluches, de esos tengo varios y cada uno me recuerda algo y aunque mis hijos seguramente los dejarán feos, no importa. Procuraré que jueguen con las mascotas, que las perras necesitan más atención de la que les doy pero como son varias ellas solitas se encargan de jugar entre sí. Una vez me eché arena en la cabeza solo por ver qué se sentía… Fui una niña feliz, no hay duda.)

Nos vamos alejando de las cosas que amamos. Y aquí entra mi excusa de por qué no salgo a dar la vuelta por el parque o me voy a sentar al malecón. Esas cosas nunca me gustaron. Si paso días sin ir a mi propio patio me aviento meses sin ir al malecón, años quizá.

(La verdad es que nunca dije que a tal edad mi vida sería así y tal. Pero es curioso como cosas que no quería o no interesaban se fueron sucediendo. El maquillaje no me llamaba la atención, luego sí, ligeramente bastante, luego casi no, y ahora más o menos. Le hacía el feo a los ebooks, pero no es lo mismo no cargar los tantos gramos de un libro, con estas articulaciones a las que mis pocos años empiezan a pasar factura… Salí con unas amigas hace poco, y terminamos platican sobre tener hijos y lo difícil que es mantener la línea, subes unos centímetros y cuesta una barbaridad desaparecerlos, tanta que mejor subes otro par para equilibrarte. No es que haya tenido la oportunidad de viajar, pero ahora es más complicado, y se me antoja tanto. Sigo manteniendo mis gustos: los libros, la música, el amor. Sigo siendo una persona ligeramente huraña, difícil. Y me terminé casando con un tipo tan opuesto a mi. Mis prioridades no han cambiado gran cosa, pero sin duda ya no es lo mismo. Sigo añorando tiempo (situaciones) pasadas, no por querer revivirlas, sino para que se repitan, que se sigan sucediendo días de risas, de reuniones, de alegría y desenfados, sin preocupaciones.

(El mundo se va a acabar cualquier día. Hace unos días nos despertó un temblor, me entra el pavor de saber que aunque mi mamá está a unos metros de distancia esos mismos se volverían kilómetros en un momento de tragedia. Un día no hay agua en la llave y nos quedamos sin saber bien qué hacer. Me ha tocado eso de no poder comprar algo porque me faltaba un peso. Han habido días en que hay que resignarse al hecho de que abrir el refrigerador una y otra vez no hará que aparezca comida, ni ingredientes para hacer algo. Y esto no es ni de lejos tan grave o preocupante como lo que pasan a diario miles de personas. El agua se va contaminando. El aire se va espesando. La tierra se está secando. Los animales no se están extinguiendo solos, los estamos matando. Que somos carnívoros en esta casa y los animales de granja también cuentan. Pero creo que aún hay esperanza. O cuando menos ya habré pasado de esta existencia material y en teoría no me afectará lo que suceda.)

Pero la vida sigue.

Tenemos sueños, deseos, aspiraciones, estamos jóvenes (¡!) y confío en que el gordo encontrará la manera de que yo siga avanzando.

Queremos complicarnos la vida. ¿Pa’ qué te voy a decir que no si sí?

Diseña un sitio como este con WordPress.com
Comenzar