Archivo | septiembre, 2013

De la confesión, de la comunión, de la exhibición

30 Sep

Ya varias veces he dicho que yo practico la religión a mi modo. Me considero católica, pero no lo practico tal cuál, no voy a misa cada domingo ni me confieso cada semana ni me siento mal por no hacerlo. Y de hecho, ese es el tema, que incluso en ese tema de la confesión no estoy de acuerdo, sí, se supone que el sacerdote es «un canal» hacia Dios, pero si Dios en verdad está en todas partes no hay necesidad de dicho canal, por ende un ser humano igual a mi no tiene ni debe escuchar tal cuál todos y cada uno de los pecados que haya cometido. Conozco bien el bien y el mal y sé diferenciarlos y, pecando de soberbia como siempre, no siento que sea necesario decir que pensé en esto y aquello o que dije cierta mentira o me hice de la vista gorda o levanté la voz, y demás demases, todos esos «pecaditos» cotidianos que se van acumulando que no afectan (o no en gran medida) y por ello no los digo, o de repente, cuando resulta que voy a misa con mi ma y ella al igual que yo se confiesa sólo ante Dios y confiando en que nuestras faltas son leves pasamos a comulgar. Si es que siento que es demasiado rígido y rebuscado todo el asunto y darle más «soltura» no sería malo y en vez de alejar a la gente la acercaría. Pero cada quién.

(Nadie sabe quién fue quien limpió el jardín. Limpió, literal, no hay ninguna brizna sucia ni mal acomodada, quedó todo tan limpio y acomodado que no hemos querido salir, las musarañas e ideas varias que quedaron en las ramas ahí siguen, no han aventurado el descenso, el columpio se quedó a media caída, indeciso sobre el hecho de si seguir bajando vaya a alterar el equilibrio en que quedó todo. Lo peor es la enorme pila de dulces de café que dejaron sobre los seis troncos alineados en media luna.)

Soy más de la idea de que Jesucristo fue un elegido de Dios, en vez que su hijo encarnado, que su mensaje es hermoso y que deberíamos ponerlo en práctica, sí, obvio. Por ello la incongruencia de lo que dicen y lo que hacen es lo que me mantiene al margen. Estar todos los días rezando y yendo a la iglesia no me haré mejor católica ni más merecedora de la salvación. Dios está en todos lados y todo el tiempo nos acompaña, creer que su presencia es más fuerte dentro de una iglesia me parece absurdo. Y aún así hay cosas que por el simbolismo que conllevan me gusta seguir. Ir a la iglesia a ver las imágenes, que dicho sea de paso son lo que más dijo Jesús no debería uno hacer pues es, sólo porque la Iglesia dice que está bien, una forma de idolatría, pero bueh, me gusta ir y verlas y de repente platicarles algo, pedirles favores, que soy de esos que se acuerda de Dios y de los santos cuando necesita algún favor y ayuda extra. Curioso, incongruente y contradictorio.

(El olor a lavandas de vainilla brota de la almohada. Ya decía yo que las migajas de galletas no eran mías.)

Hay que «aguantar» la tortura de que el padre te pregunte por tus pecados una vez, cuando eres niño y en teoría no tienes nada «malo» qué confesar: que le mentiste a tus papás, que te portaste mal con tus hermanos, te peleaste con alguien, te embolsaste unos pesos que había en la mesa. Sólo por aquello de que crecer con temor de Dios es bueno para los casos de esos pequeños que son malvados por naturaleza serviría para ubicarlos, esos que matan animalitos, ahí está bien enseñarles a temer, pero fuera de ello no creo que haga falta ni que sea necesario que se queden «espantados» todo el tiempo. Yo sé qué pecados tengo y cuáles son para que un humano vestido con sotana los escuche, y sólo para que me salga con la mia, como casi siempre y para variar.

(Libros e E-books enfrentados desde hace días reclamando mi atención. Seguiremos informando.)

Yo creo en Dios, y espero que Dios crea en mi.

De los libros y de lo demás que vaya saliendo

27 Sep

Los libros son un enorme desperdicio de recursos (sí, yo lo estoy diciendo), ya no estamos para andar tire y tire árboles para hacer papel y luego para imprimir en él. Siento que hay suficientes libros en las librerías y en las bibliotecas como para satisfacer a varias generaciones; yo simplemente creo no equivocarme al decir que ya poseo libros suficientes para pasar entretenida el resto de mis días. Por ello pienso que ya todos los libros venideros deberían ser en formato digital.

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Sí, es muy fantasioso creer que en un futuro no muy lejano todo mundo tendría la posibilidad de leer en medios digitales, pero para estos «desafortunados» estarían los libros ya impresos. (Con ese olor tan embriagante que tienen los libros, nuevos y viejitos.) Que ya hay que tomarnos en serio eso de que los árboles (como el agua) son los que sustentan nuestra existencia. Me gusta pensar que sí es posible que ya todos los libros sean sólo en formato digital. Recuerdo un pasaje de «La Máquina del Tiempo», cuando el protagonista se encuentra con un holograma que sobrevive (si esa es la palabra) a la casi extinción humana, y por ende se convierte en el único «contenedor» de la historia humana hasta este trágico momento. Algo así, que en el futuro todo el conocimiento literario estuviera guardado en una fuente autosustentable.

Hay que admitirlo. No todos los libros de los últimos tiempos valen lo que cuestan ni el tiraje que les dan. Temas trillados o morbosos (sobre fantasmas o aliens, es cuestión de gustos), la mayoría de los ebooks salen sólo unos cuantos pesos más económicos que los libros «normales», así que el ansia de dinero sigue satisfecha. (Por amor al arte, suelo decir. Cuando se me quite el miedo al ridículo.) Deberían pensarlo todos esos que se lanzan al mundo de la escritura con el único afán de volverse ricos a costa de nuestra ya de por sí menguada naturaleza.

(Aquí también diluvió. Los libros tuvieron el suficiente sentido común de seguir al Gato Rosa al ático cuando pasó a su lado con el pelo erizado y una sombrilla de colores salpicada de gotas dulces. Se encerraron en frascos de vidrio puestos de cabeza. Ni idea de quién se tomó la molestia de irlos resguardando. Al final lo que consiguieron fue un agradable olor a galleta y una fila de hormigas que leían y lamían a intervalos.)

Libros en papel reciclado sería interesante. Aunque ya estamos acostumbrados a leer hoja-reverso-hoja, pero igual dicen que uno a todo se acostumbra si tiene la voluntad suficiente. Tengo un engargolado así, con las hojas «usadas» de un lado y reusadas del otro. Y es que hay que admitir que por muy convencidos que estemos de que todo lo que escribimos es tremendamente bueno y todo mundo debería poder leerlo, ello ya no justifica el darle matarile a miles de árboles.

Si es que hasta los tan mentados «Libros de Texto» deberían ser retornables y reutilizables, que la enseñanza ahí debería empezar, en este mundo de usar y tirar en que han ido naciendo los niños.

(Hace rato que montamos un tallercito de costura en el que hemos perfeccionado el queso fundido y el arroz con leche, aún hemos seguido colgando diseños en las paredes. Dijimos que de aquí a Octubre empezaríamos a hacer varias cosas, y el mes ya se está yendo y aún no acaban los pendientes previos.)

Esa idea/actividad que realizan en ciertas ciudades, de «dejar libres» tantos libros en determinados lugares para que cualquiera pueda disfrutarlos, se me hace bien bonita pero yo jamás me uniría, le tengo demasiado cariño a los libros que tengo y ya bastante es pensar que los que se me han extraviado hallan encontrado quien los leyera con gusto. Lo digo, lo sostengo y lo repito: Ya hay suficientes libros impresos para rato.

(Ese color morado me está haciendo ojitos. Antes de que lo cambie por el rosa.)

De que ya empiezan los meses con «embre», y el último viene que vuela

2 Sep

La ventaja de tener una habitación tan grande radica en que en situaciones como esa puedo enviar a su recuerdo a dormir en la otra cama (que bajo la mía o en el suelo a mis pies no tiene caso) y hacerme a la idea de que no está. (Tengo la sensación de que me voy a desmoronar en cualquier momento, en que estos escalofríos están ensanchando las grietas y todo se vendrá abajo, el polvo de lo que alguna vez fui cubrirá este sitio que alguna vez fue. No era un buen día para ser yo.) Mi corazón se empeña en encontrarle un ritmo a este desbalance en que lo dejaron, que siento que lo oprime. (Lo dije, el karma iba a volver a asomarse.) Cada recuerdo que va llegando (sin importar el número de vez que sea) pasa a darle una patada y le clava una aguja nueva. Suele pasar. Y así pasó. Será que sí tengo más polaridades de las que supongo que parece que sí se me da fácil eso de ir pasando de un estado de ánimo al.otro, aunque la idea general es que por sobre todo ello soy un ser egoísta, y cada cosa que hago tiene un propósito que va directamente ligado a hacerme feliz. (Y él tiene el súper poder de hacerme feliz, de hacerme sentir, ya para redondearlo. Puede llevarme de un lado a otro con la misma facilidad con que sonríe o le tiemblan las pupilas.) Me gusta (y no me gusta) esto de saberme tan a merced de un ente que no soy yo. Y sueño, despierta y dormida, pensando en la de cosas que faltan para hacer, para planear, sueño y me dejo llevar por las ensoñaciones. Sigo sintiendo ese escalofrío malintencionado que se apodera de mis brazos y viaja por mi columna, y me arden los ojos (tercos ellos en querer vaciarse) que se la han pasado rehuyendo a los suyos. Me ataca la añoranza, sentada en un banco acolchonado, lanzándome palillos a los dedos de los pies, acertando 4 de cada 5 lanzamientos, pero soy como un bichito que peca de desconfiado y si ya casi lo aplastan ahora es el triple de precavido. (Bendita terquedad. Maldito orgullo.) Quiero algo esponjoso, brillante, suave, con encaje, con flores, de ese color y no de otro. Flores. Muchas flores. (Vamos a dejar morir a esas frases, esas palabras, y que se impongan los abrazos.) Voy a encontrar ese rojo cereza que ando imaginado.

Ya se acerca el invierno, y va a llegar la primavera.

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