Archivo | junio, 2013

Reflexiones de esta tarde calurosa

29 Jun

Hay un trovador/cantautor llamado Yuri Tejeda, cuyas canciones, la primera vez que las escuché, me causaron una única impresión, a la par de que una sola palabra me llegaba a la mente: Melodrama. Tan perfecto para mi multipolaridad eterna que decidí no escucharlo más. Pero como casi todo, acabé buscando su música, me hice con sus dos discos y ahora justo andan reproduciéndose en el iTunes. Porque que mi bien amada iBook haya «muerto» no es pretexto para dejar de usar el iTunes. Pero decía, Yuri, su música, sin duda alguna debería tener un par de rayitas menos de felicidad y a Depresión aquí al lado para entenderle mejor, pero por mientras, hace un buen contraste con el actual enredo en que se encuentra mi mente. El hilo de mis pensamientos se cayó de la mesa y el Gato Rosa hizo de las suyas, los dejó tan enredado, sucio y babeado que las partes que se rompieron ni se notan entre tanto lío. Usando esa frase tan conocida, me gusta estar metida en «camisa de once varas», es parte de mi naturaleza, complicar las cosas, complicármelas, enredármelas, pierdo el interés si son cosas fáciles o simple o monótonas o sencillas. Este es uno de esos momentos en que no me es de total agrado contar con un Corazón de Condominio en Ruinas, tiene sus ventajas, y sus desventajas, como todo, aunque a estas alturas estoy bastante convencida de que es la única manera en que las cosas podrían ser, mi corazón debe ser así y no de otra manera. No se trata de prisas, ya aprendí a caminar a paso acompasado, se trata, más bien, como siempre, de sincronía, de constancia, de presencia, porque la Ausencia en cuanto llega se va con Soledad y a mi ni quien me aviente bolas de papel. No sé si es la guitarra, seguro sí, o los «tamborcitos esos», seguro que también, los que crean ese afecto,ese agarrar a mi mente de la cola y llevársela hasta la rama de donde pende el columpio, y la cuelga cabeza abajo para que tenga una nueva perspectiva del entorno y cuando baje y vuelva a mi lado me diga que las cosas se van a desmoronar, esta vez sí, ya, ahorita justo, y que luego de la paranoia y la crisis de no saber qué meter primero a la maleta, resulte que no. Así eternamente. Como las «olidas» parte del saludo ritual entre uno de los gatos y uno de los perros que parece son de los que mejor se llevan bajo este techo. Y ya casi tengo la lista de canciones de Yuri que voy a agregar al celular, a este celular que lleva varios ranazos y está ya quebrado pero aún unido, tan como yo, que aunque no me deja perder el tiempo con los juegos como solía hacerlo, se las ha apañado para sustituir a mi reproductor de mp3 que se niega a dejarse cargar y que por ende se anda empolvando. Que por una u otra razón termino encendiendo la computadora aunque ya no me quedo gran cosa aquí y la tele tampoco consigue atraparme y termino, yo, persiguiendo libros o apoderándome del Kindle versión uno, simple, ese que a todas luces fue hecho solo para leer, que tiene una excelente, modestia aparte, selección de libros. Pero hoy no. Hay tantos pendientes. Pero a la par tanto enredo aquí abajo, que se me levanto e intento caminar con estos tacones, escuchando esta música, voy a acabar deseando tener el poder de crear quimeras, una cque se les parezca lo suficiente y tan poco, como para ser justo lo necesario para hacer que estas ruinas aguanten otro un su buen rato. Así mero, como se lee.

De estos aires de Junio

25 Jun

La Musa se fue, de vacaciones (espero), el letrero de «Cerrado por remodelación» ya necesita una manita de tigre, ya está todo descascarado, falto de brillo, las luces neón parpadean. Este sitio en verdad necesita una remodelación, pero es de esas cosas que están archivadas en la carpeta de «Siempre Pendientes», y nada puede hacerse, así es la burocracia en estos sitios, así que no nos queda más que comer palomitas, pellizcar chocolates, oler las violetas de vainilla y procurar que no todos los dibujos cobren vida. Algunos dibujos no se quedan en su escala y se salen del papel y se expanden y todo, aunque se ponen de perfil y desaparecen, pero están consientes de ello y se desplazan yendo de un lado al otro, obstruyendo la vista (en ocasiones); me llegó el rumor de que están pensando en bañarse en acetato para que el Gato Rosa deje de causar estragos entre su floreciente comunidad, me reservaré el derecho de decirles que al acetato también podrá rasguñarlo.

(Me sigue asombrando mi Capacidad de Desubique, este desconectarme por completo por ese olor «a uva», este perder la noción del tiempo, el no saber a ciencia cierta si fue hace poco o ya tiene o qué onda, o cómo, o por qué, pero así es.)

De repente llueve, hay que correr a esconder los libros, que a estos les encanta saltar en los charcos o quedarse tendidos hojas arriba, y las letras se les desacomodan, agarran color, los párrafos que no gustan de la lluvia se saltan a las hojas secas y las historias terminan todas revueltas. (No me estoy quejando, aunque parece.) Así que hay que correr a recogerlos, jamás me he detenido a pensar quién o cómo es que los libros siempre andan tendidos en el patio cerca del columpio… Y hay que echarlos en una caja lo suficientemente honda para que tarden en escapar, lo suficiente para que la lluvia ya se haya retirado. La lluvia no ayuda con nuestras melenas, se nos esponja (más) y Pesadumbre sube los pies a la mecedora y rumia sus penas en Do Mayor la mientras teje gorros que hemos de usar para mitigar sus lamentos. al menos los guantes le quedan bastante bien.

(Al parecer San Antonio sí es efectivo. O San Antonio sólo le hace caso a ciertas personas (mi tía, por ejemplo), porque parece que ya esté dando resultado. No sé, da qué pensar.)

Se me antoja una malteada de chocolate que nunca se acabe, ni varíe su temperatura, un vaso siempre a medio llenar para estar tomando y tomando cada que se me antoje. Aunque dudo mucho que podría disfrutarlo, se volvería una batalla campal, incluso Depresión saldría de bajo los periódicos para unirse a la cruzada de ver quién se apodera del vaso de malteada a medio llenar. Seguramente sería una serie igual de interminable de juegos y emboscadas y escaramuzas y robos, al final todos al menos una vez conseguirían apoderarse del vaso de malteada a medio llenar pero el punto era, justamente, que se supone que ese vaso de malteada a medio llenar sería mío y solo mío, y tampoco sería la solución el conseguir un vaso para cada uno. Junio tiene un aire de malteada de vainilla en un vaso medio lleno, lo acabo de notar.

(Es sorprendente la manera en que las «cosas» se van acomodando, todo encaja, o cambia de sitio, y no obstante queda bien, en equilibrio, resulta que no era esto sino aquello pero el resultado es «el esperado». Pero esto de saltar de un vehículo en movimiento a otro, nunca es muy recomendable.)

Las cuerdas del columpio han adquirido un aire de enredadera, hasta pequeñas flores han surgido en ciertos puntos y cuando uno cierra la mano en torno a ella las florecillas trepan y dan vuelta y hasta se sonríen contentas ante el balanceo. (Siento que el día menos pensado sabremos cuántos elefantes aguanta la tela de araña.) De repente como que la Luna también extiende los brazos y si me aventurara a soltarme la alcanzaría, pero por mientras es suficiente sentir el viento agitando mi cabello y al gato correteando debajo, saltando para atrapar mis pies, a las hadas balanceándose al mismo compás. Vamos y venimos, subimos y bajamos.  Nos despeinamos. Es un juego poco extremo cachar lunetas estando en el columpio, los tiros malintencionados jamás fallan y aciertan a los ojos y a la nariz, aunque la ventaja es que siempre hay algún demonio listo para saltar y hacer la maldad de atrapar las lunetas, los pobres fantasmas lo intentan, rara vez lo consiguen, con una que atrapen se dan por satisfechos y desaparecen por largas temporadas… Acabo de caer en la cuenta de que todo el tiempo he sabido cómo ahuyentarlos y a la par lo había desconocido. Amerita un buen tazón de gelatina con lechera este descubrimiento.

(El letrero de Peligro más que advertir parece estarme haciendo guiños.)

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