Los niños de la secundaria a la que asistí adquieren una (horrible, he de decir) costumbre, la de caminar desde la mencionada escuela hasta el parque, un trayecto de varias cuadras cuyo fin es el de ir en compañía de los amigos, bromear, quejarse, todo ello. Espero que los niños caminen pendientes del camino pues parte de él transita a la par de la carretera y si son niños modernos, léase de esos que caminan embobados mirando la pantalla del celular y nada más, habría algún accidente, aunque no creo, ya se habría dado. Decía, yo también sucumbí a ello en varias ocasiones. Y lo relevante de esto es me llegó un recuerdo hace unas horas mientras volvía a casa. Es cierto eso que los científicos han comentado sobre que el cerebro en verdad nunca descansa y registra, cataloga y almacena todo, absolutamente todo, lo que vemos y oímos, aunque muchas de esas cosas jamás vayan a ser requeridas y se queden para siempre en el olvido. Alguna de esas cosas de repente consigue colarse y hace acto de presencia. Hoy mientras veía esa ruta que solía caminar, mientras sentía esta ya conocida añoranza de él, recordé, que hace ya años, muchos, más de 10, iba caminando con unas amigas, hablando quién sabe de qué, mi adorado primer novio había decidido tomar el transporte porque debía llegar temprano a su casa, íbamos caminando cuando de pronto escucho su voz, llamándome, levanto la vista y lo veo asomado en la ventana del camión, me lanza un beso y grita que me quiere, y se queda unos segundos sonriéndome, para luego volver a sentarse y por ende desaparecer de mi campo de vista. No recuerdo más, seguro me sonrojé y las amigas con quienes iban habrán comentado algo y los demás alumnos que vieron tan efusiva demostración de amor habrán dicho algo. No recuerdo. Lo recuerdo a él, con esa confianza que solo tenemos cuando jóvenes recién enamorados, lanzando ese beso que iba precedido por un sincero y ruidoso: «Te Quiero». Años mozos perdidos que jamás volverán ni a encontrar parecido en los venideros.
(Sí, ¿quién se creyó que no iba yo a salir con alguna incongruencia? Si «Contradictoria» es uno de mis nombres.)
No es Depresión, solo Nostalgia lo que siento hoy, con base al recuerdo ya mencionado. Voy a repetirme como casi siempre, sigo anhelando el tener un novio que sea romántico y cariñoso, que no tema ni desdeñe a la cursilería. Es parte de mi karma esa ausencia. Pero es uno de esos sueños que siguen rondando por aquí, es de esos que ya tienen su propia llave y entran cuando quieren. Con el paso de los años yo también he ido perdiendo ese «no temor» a la cursilería, recuerdo algunas de las cosas que hice y estoy segura de que no podría repetirlas, por más que el sentimiento que experimento ahora se parece al que en esos años me instó ha hacerlo, mucho tiene que ver que mi actual causante de suspiros sea todo menos el prototipo de «novio de mis sueños». Y sigo intentando convencerme de que no es necesario recurrir a esas cursilerías para que la persona note, sienta y sepa lo que sientes.
(Sí, rara vez consigo mantenerme totalmente firme en la idea/emoción que digo mantendré. Resulta que mis alas me mantienen a flote cuando «no deben».)
Tengo alma de Urraca Juntadora Compulsiva, guardo demasiadas cosas, y por más que lo intento no consigo deshacerme de las que ya no me sirven. Junto, guardo y atesoro instantes, y él en poco tiempo ha conseguido regalarme varios, una mirada, un beso, el simple hecho de tomarme la mano. Supongo que el saber, el tener la certeza, de que no se le dan de manera «natural», no de la forma en que yo puedo hacerlo, de demostrar lo que siente de manera romántica/tierna/cursi, por ello tienen tanto valor, para mi, esos pequeños gestos que hace de manera espontánea y tan natural, que por un instante paso de el enojo, porque no es así todo el tiempo, a la añoranza, porque no es así todo el tiempo. Yo lo quiero. Estoy enamorada. Así de simple.
(Si fuera posible, variar, tantitito mi realidad actual, solo un poquito…)
Pese a que Octubre va que vuela para terminarse, pese a que Pesadumbre me llevaría a conocer los rincones donde uno puede ocultarse para llorar, gritar, maldecir y pasar desapercibido, al menos por ahora, no tengo (tanto) de qué quejarme, que sí tengo, es un decir, pero son cosas mías, que no es resignación ni nada, que no culpa de su indiferencia, que quizá si nos esforzáramos por estar en la misma frecuencia más tiempo, pretextos y motivos sobran, pero sé que demasiada cursilería de mi parte alteraría el equilibrio que aún mantiene a flote nuestro barco, entonces, me aguanto y no me quejo, pero quisiera, pero no quemaré mis cartas, no aún, no por esto, aunque duele, poquito, pero duele, siento en alguna parte de mi corazón averiado, en ese sitio preciso que está justo al lado del que sufre, que en verdad no lo hace a propósito. Y callo a esa molesta vocecita que me susurra esa sarta de frases prefabricadas que van de:»Si te quiere lo demuestra», «Si le importas se esforzará», similares y conexas, no es el caso, él como yo es una excepción de esas ondas. Y es que «solo» serviría ese «cambio» para mejorar/facilitar(me) las cosas, ¿y de cuándo acá me han gustado las cosas que no tienen pinta de nefastas e imposibles?
(Estar y seguir con él es un eterno adaptarse o morir. Y no es queja, me gusta que sea así. Aunque más tarde reniegue de ello.)
