Espero algún día encontrarle lo gracioso a las ironías de la vida. Estoy segura de que la vida y el destino, el cosmos, el karma, hacen apuestas con nosotros, ven nuestra existencia como una delgada y frágil línea que pese a ser continua no va en línea recta y entonces les parece irresistible ver de andarle echando mano, nomás por ver qué pasa, decoran los senderos, arman trampas, cavan zanjas, todo por ver qué hacemos, nos hacen ir cual polillas tras una luz para luego alejarla totalmente de nuestro alcance, eso o nos dejan estamparnos y morir achicharrados. Son seres que no tienen conciencia del bien o del mal, existen, sencillamente, por ello es hasta tonto enojarse con alguno. Actúan e interfieren porque pueden hacerlo. Punto. Lo mismo aplica para cuando nos la pasamos pidiendo por un milagro, por una ayudadita, y nomás nada, nuestra petición no llama su atención y nos ignoran.
De entre todas las emociones que conocemos y manejamos creo que la única que compartimos con esos seres es la Ironía.
Me desespera la forma en que funciona la «Ley de la Atracción», da igual cómo se le invoque el resultado siempre es lo que no queremos, ¿será que en serio soy taaan pesimista y aunque me haya convencido de que «sí» la verdad es que «no»? Si hubiese nacido un 13 podría echarle la culpa a la numerología, pero al parecer no cuento con esa excusa, aunque bueno, cualquier excusa sirve. Los números me meten en líos, no estamos hechos del mismo material, lo mío son las letras, todas ellas, con sus signos de puntuación, en todas sus variantes y estilos. Letras. Porque los números siempre ven de jugarme malas pasadas, justo como la última que me han hecho. Sé que debo dejar de influenciar, sabotearme y somatizar todo a niveles extremos, pero es difícil, sobre todo cuando cosas que no quería se presentan tan factibles y ya vista desde esa perspectiva más real y cercana no lucen tan descabelladas como originalmente las concebía, razón justa por la que no me gustaban, hay cosas que me desesperan, que me sacan de quicio, que me mueven el suelo, y que luego me hacen debatirme, preguntarme, consultar y hacer encuestas, sondeos, la respuesta se vuelve simple, incluso lógica: no es tan malo.
Pero sigo siendo fiel creyente de esos seres y creo en el 50-50 y que todo en la vida son los dos aspectos de una moneda,y dependiendo de las circunstancias podemos pedir «2 de 3», quedarnos con el primer resultado, o justo con la moneda al aire cambiar las opciones, al final siempre terminamos haciendo lo que mejor nos parece, lo que más se nos antoja. Y a mi ya se me había antojado, me habían dado ganas de hacer un cambio radical, de derribar paredes, levar anclas, aunque llevaba en la maleta el salvavidas, aún así. Quería. Pese a la cantidad de baches que aparecieron en el camino, mágicamente, de a montón. Porque así como se dan las cosas, así es también cuando no se dan, «todo pasa por algo», y hay que aceptarlo, pero es tan desesperante que sea así. Sobre todo cuando las señales son claras y estoy segura de no haberlas alterado ni estarlas leyendo a mi conveniencia.
A la fecha aún me equivoco.
Intento quitarme esa costumbre de planearlo todo, de querer sentir que tengo total dominio de mis actos y emociones, esta necesidad de hacer listas para todo, porque la experiencia me demuestra que no funciona, que este querer mantener algo a resguardo es la excusa perfecta para dejar la puerta entre abierta para que se cuelen las malas vibras y hagan de las suyas. Pero todo tiene un propósito, un tiempo, y no era este, por muchas razones que comprendo y que me gustaría no existieran para que hubiera sido «Ya», «Ahora», «De una (buena) vez», pero pues así fue, osea, no fue. Y si lloro es más por impotencia y enojo contra todo y contra mi misma, por ser tan voluble y tan estúpidamente sensible, por jamás dejar de sabotearme. Al menos ahora tengo una convicción nueva y seguiré firme con ella, haré y no haré ciertas cosas. Que venga lo que haya de venir, me prepararé para ello.
Y es que no es que la siguiente sea la vencida, pero esperemos que sí.

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