Toda mujer que diga ser romántica y soñadora empedernida (como yo muy bien comprenderé) debería tener por Biblia la película “Serendipity”, uno puede verla una y mil veces y seguirse maravillando por la sucesión de fortuitas casualidades, por el cúmulo inagotable de señales y por los incontables recovecos donde uno se pierde, donde un segundo cuenta, un parpadeo, un instante de duda o de espontaneidad. Cuántas veces no he estado segura de que las cosas se dan de una manera específica, por ello digo siempre que no me arrepiento, que no cambiaría las cosas que me han pasado porque todas estaban destinadas a traerme a este momento, actualmente a este estar trasnochando, amaneciendo, con calor, dolor de cabeza, sueño lejano, frío, cuántas veces no aseguré haber encontrado a esa persona que era mi alma gemela, la mitad que embonaba con mi mitad, y al final, nada, algo, eso, llegamos a esto. Pasan los años y yo sigo buscando, en el mismo lugar, me mantengo, camino un poco pero al final vuelvo, recorro los mismos senderos, con ropas diferentes, con peinados diferente, con la misma mirada buscadora y anhelante que espera ser encontrada.
Me convencí de que los años que llevábamos de conocernos, los años que tardamos en aceptar lo que sentíamos el uno por el otro, que al final todo pareció embonar, todas las piezas encajaban. Pero muchas piezas de rompecabezas caben perfectamente en sitios que no son los suyos… Cuando lo conocí, las cosas se dieron con una naturalidad espantosa, cada palabra, cada gesto, todo parecía planeado, tan específico, como si se ejecutaran mecánicamente, que lo único que se necesitaba para activarlo era el estar uno frente al otro. Pero para ello están las señales, yo tan dada a malinterpretar que soy, tan experta en interpretarlas a mi beneficio, un volcán no pude estar haciendo erupción todo el tiempo, la lava termina enfriándose, cambia todo a su paso, y esos ríos se vuelven caminos, caminos por los que uno puede aventurarse y seguir avanzando, uno terminará llegando a donde debe, o quizá vuelve a donde estaba, será que el hecho era que no debíamos movernos de donde estábamos.
Las secuelas, rara vez, suelen superar a la primera parte, ya sean libros o películas, las últimas sobre todo, casi nunca consiguen ser mejores, pero suele pasar, en las relaciones suele suceder, a menos que en verdad hayamos aprendido de nuestros errores y estemos comprometidos, dispuestos a mejorar, a tolerar, a no volver a tropezar en el mismo sitio, solo entonces, puede, que la secuela sea buena. Los pies se acostumbran a tropezar en los mismos sitios. Me da miedo que al asegurarlo se desaten un sinfín de hechos que estén destinados a ponerlo a prueba, que se empeñen a estirar la liga hasta romperla, o dejarla al borde de la rotura. Será lo que tenga que ser, si ha de ser, será. Ya lo habíamos intentado, ya habíamos hecho el esfuerzo de mostrarnos lo más genuinos posibles y al final las cosas nos llevaron por diferentes caminos, ¿cuánto tiempo dijiste que fue? ¿5 años? Quise correr, no llegar, interpretar la demora, el retraso, la dificultad, el que no estuviera, como señales de que era mejor dar la vuelta, que lo adecuado, dado que las circunstancias lo permitían, eran volver por donde había llegado y aquí nada pasó ni pasará. Lo dije, un par de minutos y ya, una vuelta más y ya, espero aquí y si no, pues ya. Va la última, me quedaré aquí, y si no, pues ya. Y allí estabas, con esa mirada que no supe descifrar y opté por mejor no indagar y seguir sobre la marcha, como quien oye llover, retomar un hilo jamás abandonado y que sea lo que sea. Y fue. Y es. Y sigue.
Cada amor es perfecto mientras así lo queramos.
En el camino hacia la felicidad no faltará el que nos pase atropellando ni a quien le pasaremos encima. No faltarán los espejismos ni el efecto dominó, el miedo nos hará ciegos y nos convenceremos, juraremos, de que ya estamos donde debemos, por la certeza de saber, de sentir, que no es cierto, que el camino sigue, que ahí no termina, por no querer arriesgarnos de nuevo. El corazón aguanta un número determinado de ranazos. Lo único seguro es que ese ranazo, que creemos ya lo dejó totalmente inservible, no es el último ni el definitivo, aguanta más. Hay que ir agarrando callo. Todo lo que sé, es que si al final me toca descalabrarme, de nuevo, una vez más, podré levantarme. Al parecer sí he aprendido algo y ya no soy la misma de ayer, mejor o peor, depende del punto de vista. Sigo sabiendo lo que quiero. Me sigue faltando impulso para agarrarlo de una buena vez, para no dejarlo ir, pero sé lo que se siente que te encierren, no quiero que se sienta cautivo, voy a dejar la puerta abierta, que entre solo, que cierre la puerta si quiere quedarse. La señal seguirá parpadeando.
Tengo varios fantasmas memorables, tengo varios demonios fastidiosos, que me atacan y desgarran a ratos, que con toda la saña de que son capaces clavan las garras en mis alas siempre atrofiadas (¿cuándo se descompusieron?) para convencerme de que echar a volar sería suicidio, pero saco el libro de exorcismo y voy saltando de mirada en mirada, de sonrisa en sonrisa, y me alejo y doy vueltas y salto, dejando migas, recogiendo pistas, coleccionando señales, regando los sueños nuevos y abonándolos con los viejos, sacando de cofres empolvados las estrellas que hace tanto moldeaste, definitivamente es mentira que haré limpieza general en la mansión, sacar de allí todos los cachivaches conllevaría su demolición automática, se vendría abajo por la inercia de saberse vacía, cada cosa sirve, que no es que sea útil, eso lo sostengo, es diferente que algo sea útil a que algo sirva, mi colección de pelotas sirve para recordarme tantas cosas, y son completamente inútiles. Qué más da.
Los minutos pasan y yo aquí sigo. Y ustedes también.

Debe estar conectado para enviar un comentario.