Avanzar

10 Jun

En el DF la gente sueña, desde temprano hasta que anochece. Raro que uno llega a echar de menos el echarse una siestecita en el metro, en el camión, en el metrobús, bien tempra porque nada mejor puede uno hacer dado que el tráfico siempre será denso y tardará lo mismo, porque ya el cuerpo sabe cuánto tardaremos en llegar de la estación de abordo a nuestro destino. Semblantes serenos que mejor sueñan para no preocuparse por lo que vendrá, total que saliendo del metro, abandonando el refugio colménico que también ayuda a que todo esté en precario equilibrio deje de encerrarnos entre sus paredes. Cuando los enormes gusanos naranjas se alejan a nuestra espalda. Ya fuera, con el ruido, el calor o el frío, la contaminación y junto a miles de personas más, entonces ya podremos preocuparnos de todo lo que de momento ataña nuestra mente.

El DF de noche, aunque sea difícil de creer, arrulla, adormece, los asientos se bañan de somnífero y basta encontrar sitio para dormir y conectarse a la red de soñadores que van de un lado a otro en espera de llegar a casa y seguir soñando ya en la seguridad del hogar. Tantos sitios hay que uno, una, yo, podría llamar casa, tantos sitios a los que mis pies han aprendido a llegar por inercia y que me hacen olvidarme por ratos que estoy a kilómetros de lo conocido y de la gente que quiero y cuando menos me echa de menos. Y pese a todo, cuando no estoy allá me dan ganas de cambiar de aires, de alejarme, de irme, de perderme, de poner distancia, masoquista al fin, para sentir la añoranza, para sufrir de extrañamiento, para querer con cada célula de mi ser volver cuanto antes y ya no volver a salir, para luego de un rato echar a correr de nuevo.

La vida jamás dejará de sorprenderme, incluso cuando me muestre su cara oscura llamada Muerte me quedaré asombrada. Uno puede hacerse de mil y un conjeturas para esto o aquello y al final las cosas terminan siendo como deben ser, uno no puede sencillamente esperar que las cosas tomen el rumbo que uno imagina, que bien es cierto que muchas veces la forma en que suceden se parece rete harto a como uno las espera y supone, pero no siempre, por lo general algo desentona pero nos damos por bien servidos con lo que nos toca. Y no es que seamos siempre conformistas. De hecho la causa principal de nuestros problemas es que siempre queremos más, pero concretamente no sabemos definir ese «más», ¿más qué…? Es un proceso harto difícil llegar a ese punto en el cuál uno sabe lo que quiere, luego enfocarse a ello, a conseguirlo, no desviarse, no desistir, no conformarse.

Sé lo que quiero. Bien lo sé. Y también me he estado desviando, rezagando, por las tontas ilusiones esperanzadoras de siempre, no obstante, es cada vez menos, mantengo los ojos bien abiertos, para que ninguna señal se me escape, voy con la red a la mano para que ningún indicio clave escape, de hecho ya pese a mi espalda el costal de pistas que de momento parecen haberse convencido de que el camino a seguir es aquél, ese que hace poco y por puro azar encontré, que este tan conocido y agradable nada que ver con el asunto. Que resulta que este camino a parte de traerme dando vueltas está plagado de pozos de arenas movedizas. Una vez más hay que extender las alas, que a este paso jamás se repondrán, tanto las maltrato, y hacer el esfuerzo de llegar al otro lado, no mirar atrás, sencillamente seguir avanzando y en vez de virar a la derecha, tomar la izquierda. Raro que me «cueste» ir por mi lado favorito.

La búsqueda del amor bien podría compararse con el sueño de encontrarse un trébol de cuatro hojas al pie del arcoiris con el gnomo ofreciéndonos el caldero lleno de oro que para rematarlo contiene una piedra filosofal y un dispositivo de control del tiempo.

Seguro da igual que yo fuese ciega, sería cayendo presa de tu mirada.

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