Una de dos: todos los bichos estaban muy preocupados por mi aspecto y decidieron acicalarme y yo me sentía como Top Model con mi enorme séquito de achichincles, o los bichos nomás estaban jodiéndome la vida como siempre. Sí, la dos. En una parte indiferente del camino Aliks se quedó (la obligaron a) sentada, tuvo el tiempo suficiente para acomodar las piernas de una forma relativamente cómoda y tuvieron la delicadeza de dejarle una mano libre para sostener el libro que por un momento pensó en blandir contra sus atacantes, mas el libro qué culpa tenía… El Angemonio se apoderó de su cabello y haciendo gala de su nula habilidad estilística dejó dos cepillos redondo enredados en un lado y optó por hacer «trenzas» del lado contrario. El gato, servil y atento como nunca, se colocó a su espalda para brindarle algo de soporte, aunque de hecho era plan con maña, como todo, desde ahí podía jugar con los mechones de cabello que el Angemonio balanceaba de un lado a otro en su intento de trenzarlos. Soledad, con Depresión a su espalda, se apoderaron de su mano derecha y comenzaron a decorarle las uñas de tantas formas que perdió la cuenta, terminaban de poner el esmalte, colocaban las piedritas, le mostraban la mano y lo quitaban todo para empezar de nuevo… Un grupo de pequeños fantasmas se divierten pasando por los agujeros de las alas, entre las grietas, rozando los bordes desgastados, algunos intentan despegar las etiquetas, telarañas, migajas varias que se han ido acumulando en ellas. Una salamandra azul, perdida, pasó junto al Angemonio, quien por puro instinto le lanzó una mordida. La Musa llegó de algún lado del camino, caminando con ese pasito bailado que ya no sé quién le copió a quién, tarareando alguna canción que se me hace conocida y a la vez siempre nueva, envidio su pelo largo y negro tan bien peinado siempre, sus ojos tan oscuros que son más que negros y las enormes pestañas eternamente rizadas, y esa sonrisa tan traviesa que obliga a mis dedos a escribir y escribir y escribir… Y las tres pequeñas hadas que llevaba rato sin ver hacen acto de presencia, cayeron de algún sitio desconocido en la comisura de mis labios, del pliegue que se forma en mi rostro por culpa de esta sonrisa que aún no consigo quitarme. Se alisan el vestido, uno negro, el otro azul, el otro verde, siempre me he preguntado: ¿por qué usan colores tan poco femeninos? Una se ajusta los lentes sin cristales, le gusta llevarlos pegados a la cara, la otra se echó la tres trenzas a la espalda, y la última se inclinó para limpiar el polvo de sus zapatitos de tacón. Que cada quién las acomode como mejor le vaya, yo la verdad no las distingo, las tres se parecen, y las tres son bien diferentes una de la otra. Es difícil sostener el libro y mantenerse atenta a la lectura con tanto jalón de cabello y con el peso de las uñas decoradas, estuve por jurar que se pasarían la eternidad con una sola mano, pero no, recordaron que tengo dos.
La Musa sacó una lámpara de su bolso mágico, unas sillas, los fantasmas están cansados de tanto jugar entre mis alas, pastelitos de manjar para Soledad y Depresión. Con esa sonrisa tan maligna, tan suya, el Angemonio se hizo a un lado ante el casi imperceptible elevamiento de mentón, agarrando al gato rosa que ya dormía se sentó a mi lado, recargándose en mi hombro, hojeando las páginas leídas del libro, poniéndose al corriente de la lectura. Un cepillo voló a la izquierda, el otro también. La Musa debió ser estilista. Quizá lo es en sus ratos libres, en esos ratos en que se desaparece por días y días y vuelve con el bolso tan llenito como siempre y subiéndose a la mesa se dedica a arrojar sobre nosotros tantas cosas que pasadas las horas perdemos el interés y ella sigue en ello, bailando y dando vueltas con los ojos cerrados, hasta que el sonido de algún objeto azotando limpiamente sobre el suelo la hace caer en al cuenta de que ya no estamos allí. Y sale, con los ojos bien abiertos, los labios apretados, y nos persigue, y nos golpea con el paraguas rojo que también guarda en la bolsa, y el Angemonio tiene que hacer gala de todos sus encantos para calmarla, y si estoy dormida, o por dormir, me despiertan, me espabilan, me dan papel, un puñado de lápices y a escribir y escribir y escribir… Me encanta la sensación del cabello a mi espalda, espero ansiosamente sentirlo en la cintura. Y ya estoy viendo la sonrisa traviesa que pone mientras lo acomoda en dos coletas y me las echa sobre los hombros. Y alguien, pudo ser cualquiera, ha encendido una fogata (seguimos teniendo una cantidad enorme de recuerdos maltrechos en espera de desaparecer) y las tres pequeñas hadas, como piezas de juguete, se han acomodado una sobre otra para ganarle en estatura al gato rosa que las observa con ojos curiosos desde el extremo opuesto, atrapado entre los brazos largos de Depresión, esos brazos tan serpentinos de los que es difícil escaparse. Soledad y la Musa se divierten arrojando puñados de combustible a la fogata, que se balancea y canta con cada nuevo aporte y por instantes nos deja ver qué andamos quemando, y el aroma, ese aroma de violetas de vainilla se va haciendo cada vez más fuerte. Y el Angemonio se abalanza sobre mi espalda y me abraza y me besa en la mejilla y de un salto se coloca en el columpio naranja que sostenido quién sabe de qué, o con qué, cae desde una pequeña nube grisácea que filtra los rayos de luna que me obligan a finalmente apartar la vista del libro.
La Musa saca del bolso un extraño aparato de madera que ya sabemos que sirve para escuchar música y sin mucha ceremonia atrapa a dos fantasmas y los mete por una pequeña rendija. Y la música suena, tan alegre como siempre, tan nostálgica como siempre, y tarareo, mientras me recuesto en la alfombra de flores secas y sueños nuevos que, dicen, estaban escondidos entre la maraña de mi pelo, y el pum pum que siento estoy segura no viene de mi corazón atrofiado, podría apostar, mi reino, como siempre, que se trata de un grupo de demonios que finalmente han dado con nosotros y en cosa de nada llegarán a perseguirnos. Ya nuestro carruaje-carreta ha hecho acto de presencia en el camino, ya los malvaviscos se doran, ya tu recuerdo se ha dibujado con tinta indeleble en el lado opuesto de mis párpados, ahí donde el Angemonio no podrá ponerle bigotes o dibujarle unos lentes. No podemos estar eternamente así de tranquilos. Hay que seguir con la rutina, la burbuja se materializa a mi alrededor, y al aire desaparece por un instante, cuando veo que todos se han metido junto conmigo y ni mover un dedo se puede, y el Angemonio extiende las alas y nos eleva y caemos sobre el tremendamente espacioso espacio de nuestro carruaje-carreta y emprendemos la carrera, apenas un instante antes de que el primer demonio ponga un pie en el sitio exacto donde el gato rosa ha dejado escrito a base arañazos: «Hoy no.»
Es demonio, es Incertidumbre la que llegó primera, seguida de cerca por Miedo. El lengua larga de Pesadumbre aparece jadeando tras ellos, nos delató como siempre, mañana seguro vendrá a jurarnos que lo obligaron, que no quería, y lo perdonaremos. Pasaremos la noche «escapando», cazando estrellas, las que teníamos empiezan a perder brillo, nada hay eterno.

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