Siempre me van a gustar las historias de amor pues está comprobado que incluso en mis peores ratos de depresión logran hacerme sonreír en vez de causarme más tristeza. Claro que es un placer masoquista dedicarse a ver películas referentes a esos amores de los que uno carece, pero bueno, con algo se tiene uno que consolar. Me gusta pensar (aunque es un pensamiento que tiene bastante de trágico) que todas las historias están inspiradas en realidades y si a mi no me pasan esos finales de ensueño, si se me sigue escapando el “vivieron felices para siempre”, si mi príncipe siempre se convierte en sapo, en algún, lugar del mundo, en algún punto de la historia, alguien en verdad alcanzó ese tipo de felicidad y ello me hace seguir teniendo esperanzas.
Sí, las mujeres somos mucho más complicadas que los hombres, pero eso se solucionaría bien fácil si los hombres fueran cuando menos la mitad de observadores que nosotras. Las mujeres somos observadoras, detallistas, obsesivas. No hay mucha ciencia, nos basta una simple mirada para saber que las cosas han cambiado, que no son lo que eran, que han dejado de serlo. Le damos mucha importancia a los detalles, por pequeños e insignificantes que parezcan. Algunas, como yo, no pueden evitar ser soñadoras y creer en la magia y los milagros. Algunas viven eternamente en Negación.
Hay cosas tan sencillas, como un anillo cambiado de lugar, una mirada esquiva, un pausa demasiado larga, y el telón se abre (o se cierra) y no hay más que hablar. Todo aparece, como por arte de magia, frente a nuestros ojos, lo quieran o no, lo entiendan o no. Suele pasar que nunca saben cómo ni por qué descubrimos lo que ni siquiera habían terminado de concebir como una opción. Suele pasar que terminan pensando que todo salió como lo planearon e ignorarán siempre que fue gracias a nuestra ayuda y colaboración que fue así, si quieren dejarnos, y por algún motivo no queremos oponernos, terminará pasando, y pensarán que fue porque así lo quisieron. Los hombres son tan sencillos de entender pero tan absurdamente confusos, reticentes y contradictorios que a la fecha no logro comprenderlos.
Vi la película “The Last Station”, luego de mucho haber dicho que la veía y mucho estar sin verla. Siempre me han gustado las historias de amor, las verdaderas sobre todo, los grandes romances de la historia, pero me conmueven por sobre todo las historias de esos amores que han pasado décadas de altibajos y se mantienen hasta el final. Cómo llega el punto en que la vida de ambos se fusiona de tal modo que es imposible imaginarla sin el otro en ella. Cómo es que la rutina diaria es eso, rutina, pero a la vez es un estilo de vida que uno no quisiera cambiarlo. Hay una parte, donde ella se empeña en colgar la foto de ellos y él en su mundo lelo de hombre se obstina en poner una foto de sus más actuales intereses. Ese pequeño detalle, que para él significa sencillamente el encaprichamiento de ella de imponerle su presencia es en verdad el intento de ella de hacerle ver, tan claro como ella lo ve, que hay algo entre ambos, que las cosas han cambiado y cambiarán más si no se detienen en ese momento. Ese sencillo acto de quitar una foto (en otros casos, mantenerla) hace que una vaya vuelva y regrese dilucidando y rumiando todo lo que se esconde tras ellos. Buscando nuevos significados. Al final, las cosas terminan pasando como la naturaleza las planeó.
Ya lo dije, las mujeres, sobre todo yo, tienden a obsesionarse con los detalles más minúsculos y podría pasarme noches enteras encontrándole nuevos significados a la misma cosa y cada vez hallar nuevas vertientes y conexiones que no había visto o incluso que había ignorado en un principio. No me gusta ser tan impulsiva pues siento que soy tan bruta como la mayoría de los hombres que hablan sin pensar (al que le quede el saco, yo nada más lo estoy colgando…) y que por más que siente que algo en su mente le dice, le grita: cállate, cierra la boca, no sigas, es hasta que la última palabra ha sido dicha que comprende la totalidad del asunto y comienza a balbucear y pensar a toda máquina en busca de las palabras que tendrían que salir con la misma facilidad para remediar el daño.
La alegoría siempre fue un volcán y un humano imprudente que fue a construir un pueblo en sus faldas. Luego se volvió una tabla de surf sobre el mar. Y finalmente mutó en isla de sirenas. Lo miren por donde lo miren, siempre se conseguirá un genial desastre.

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