Tengo que empezar aceptando que la verdad es que no, aún no, parece que ni de lejos estoy cerca de poder decir que ya, pues el hecho es que en efecto aún. Aun. No es sano el proceso del desenamoramiento, si ya el propio amor es intoxicante el desenamorarse es peor, tienes que pelar cada vena de la capa de miel con que fue recubierta, tienes que vaciar el corazón de todo lo que lo mantenía relleno y pachoncito, tienes que picarte los ojos para no seguirle viendo, tienes que cortarte la lengua para no seguirle nombrando, tienes que atarte las manos para no escribirle, engrilletarte los pies para no salir corriendo a buscarle. Tienes que darte choques eléctricos cada tantos minutos para dejar de recordar, de rememorar, de revivir… Tienes que darte baños de agua helada para insensibilizarte a su recuerdo. No estoy cerca de poder siquiera no sonreírle.
Pero aún así, aun así… No aprendo, soy demasiado voluble e impetuosa, y pese (por sobre) a todo sigo teniendo esperanzas y sueños y no puedo evitar seguir caminos parecidos, tropezar con las mismas piedras, caer en las mismas zanjas… Me basta una sonrisa. Una sonrisa que me haga sonreír. Y vienen las dudas, los miedos, la incertidumbre, las inseguridades, la pelea entre lo que quiero y lo que tengo, entre lo que sueño y lo que existe, entre lo que no es y lo que no fue. No me gusta (mentira) sentirme así de vulnerable, pendiente, recelosa.
Ya debería haber aceptado que la naturaleza de un angemonio, para seguir siendo angemónica, implica estar por siempre en un entorno solitario que no le inste a inclinarse por una cosa u otra. Un angemonio debe ser un ser solitario para serlo. Y no es queja. Es de esas cosas que uno debe decir en voz alta para que se vayan volviendo realidad. Ya terminó, no volverá a pasar. Eso también hay que repetirlo en voz alta. ¿Por qué demonios estoy escuchando a Enya??? Es enfermizo lo que hago, debería cortar de tajo este asunto, prenderle fuego a lo que quede, echarle agua caliente, arrojarle ácido. Seguir caminando y no volver la vista atrás. Siento que jamás podré hacerlo realmente. Pero sí, sé, lo sé, conseguiré que lo que ahora pretendo se vuelva real. Tengo la capacidad para hacerlo real, me faltan ganas, incentivos, un buen empujón. ¿Pero mientras tanto cómo le hago? Sí, vale, me he levantado otras veces, pero ese no es pretexto para tirarme por gusto, esas veces no fueron ni de lejos parecidas a esta, en esas veces no me arriesgue tanto, no me dejé ver tanto, no me di tanto. Vuelvo a estar siempre en las mismas, eterno enredo disyuntivo: ¿si o no?
Y el meollo del asunto es este: Miedo a arriesgarse. Mi locura y rareza me dice que no es difícil, que no hay que pararse a pensar en ello. Soy impulsiva y espontánea y por ello el arriesgarse se me hace tan fácil, tan natural. Me he dado tantos ranazos, he salido “bien librada” de todos ellos, entonces no puedo creer que haya quien no quiera hacerlo, no puedo creer que haya quien sucumba ante el miedo, que sencillamente no lo intente, que no cruce el límite, YO soy la que vive en una burbuja y aún así hago malabares con cuchillos todo el tiempo. Esta estúpida vida está hecha de una sucesión de instantes que pasan más rápido de lo que uno tarda en apreciarlos, si nos paramos a pensar en si será que va a salir bien nos arriesgamos a jamás saberlo. Quizá haya quien pueda vivir con esa duda, no soy de esos. Y si no es por mi propia voluntad que el asunto queda en duda es peor, me insta a luchar, a querer averiguarlo, a salir de la duda. Y cuando uno se topa con estas veces, en que lo único que se puede hacer es dejarlo estar, procurar olvidarlo, quedarse con la duda, entonces te das cuenta que la vida en verdad está jodida. Estoy loca por algo, por una acumulación de cosas como estas.
Si saltas y no hay nadie para sostenerte, y te estampas en el suelo, ¿cuál es el problema? Es un eterno ahora o luego, un universo de probabilidades, pudo haber alguien y pudo no haber sido capaz de sostenerte e igual acababas en el suelo. Pudo haber alguien y cuando estás en sus brazos descubres que lo que en verdad quieres es estar en el suelo. No volamos porque no tenemos alas, y no las tenemos porque en nuestra naturaleza está el intentar volar y estamparnos siempre contra el suelo. Todo lo que sube tiene que bajar. Es genial tardar bastante en esa sensación de vuelo, pero al final se sabe que el suelo volverá a reclamarnos. Y dado que ese es el único camino a seguir, ¿por qué frenarnos? ¿Cuál es tu miedo? ¿A qué le temes? Hay oportunidades que se dan una sola vez en la vida y es horrible darse cuenta que justo dejamos pasar una de esas por miedo o indecisión, es horrible saber que mientras uno cavilaba entre “si” o “no” la oportunidad pasó justo a nuestro lado, haciéndonos gestos para que la viéramos y por lo mismo la ignoramos pues nos distraía.
Me gustan las pelis románticas que tratan de “amores imposibles” y tremendamente espontáneos porque tratan justo de esto, del sencillo hecho de arriesgarte y lanzarte a lo desconocido. Los protagonistas son todo menos el uno para el otro. Las situaciones se acomodan de tal forma que por más que lo intentan siempre algo sale mal. Las cosas jamás salen como uno las planea, salen mejor o peor. Un maldito y estúpido segundo lo cambia todo. Aún puedo llorar por ello, ya no directamente recordándolo, sino con algo que me hace pensar en el “igual y”, que es el primo hermano del “que tal si”. Parientes cercanos del “Hubiera”. No me lamento, no me arrepiento, soy conciente de que hice todo (incluso más, e igual ese fue un factor decisivo, atente contra el Equilibrio de la Ley de la Balanza que tanto intento sostener), salté, sin paracaídas, sin ver abajo, sin esperar que hubiese alguien o algo para sostenerme.
¿Salto?

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