Cada vez que pienso que ya los exorcicé a todos, resulta que no, que ahí siguen, que simplemente se escondieron, o los escondí, será que la verdad es que no quiero eliminarlos, o temo aceptar que no puedo. Son parte de mi, esos malditos fantasmas son parte de mi, están allí para servirme de recordatorio, para que no me olvide de cosas que me gustaría olvidar pero que por alguna razón resulta que es bueno que recuerde de vez en cuando.
Mi conciencia es del tamaño de un casi algo, pinche analogía tan más maligna y precisa… Me siento como un fantasma también, como un espíritu con demasiados asuntos pendientes. Con tantas cosas por hacer, con tantos cabos por atar, que me resulta imposible avanzar gran cosa porque resulta que mi cuerda ya no da más, tengo que frenar e intentar desenredar la maraña, y conforme la voy desenredando, ellos se acercan, aprovechando mi pausa, se van acercando, hasta que me tienen al alcance, esperando a que los vea, siempre termino viéndolos. Y vamos de nuevo.
Debería llorarle a mis fantasmas. Quizás eso es lo que necesitan, pero la verdad es que no sé qué haría si resulta que se evaporan, si se van con ello, libres al fin, con mis lágrimas que desintegran las cadenas que los mantenían atados a mi. ¿Qué haré sin mis fantasmas? Conociéndome seguramente me pondría a buscar otros. Y quizás esos sean peores. Siento que es por ello que no quiero perder a los que tengo, porque ya los conozco, sé qué son y de dónde surgieron, y por qué surgieron. Más vale malo por conocido que bueno por conocer, resulta que esos dichos siempre tienen razón.
Tengo tanto miedo, tantos miedos, algunos tan absurdos que por ello espantan tanto. Algunos tan grandes y pesados que resultan fáciles de ignorar porque siempre los veo y ya me acostumbré a su presencia. Mis miedos, al igual que los fantasmas, se han convertido en eternos e indeseables compañeros de todo el tiempo, cuando la depresión ataca, depresión que se alimenta de ellos, pero que se alimenta de ellos de un modo que parece que los regurgitara eternamente dado que jamás se hacen menos.
Pese a todo, sigo teniendo mi estúpida y férrea lealtad a mi misma, la sigo conservando, alabado sea mi narcicismo, mi ser angemónico que se la vive absorbiendo duplas para mantener en el mayor equilibrio posible a mi desequilibrado ser. ¿Cómo es posible que sea como soy? Supongo que no lo sabremos. Ya una vez me dijeron que bien serviría como sujeto de estudio, pero no, mi mente es un reino tan complejo que solo yo misma puedo entrar y salir de allí, que no siempre ilesa, y no quiero cargar con que alguien que quiso, que invité, que dejé husmear por ahí, se acabó perdiendo, cayendo, estampando en algún recoveco y salió igual o peor que yo. No, Debe existir, si no, tendré que inventarlo, un medio para desenmarañar esto sin fregarme más de la cuenta, debe haber por allí, allí mismo, que es de donde surge todo, un escudo, una capa mágica, una poción, un hechizo, un algo, que haga que los fantasmas dejen de seguirme, como esos mosquitos siempre hambrientos que apenas y volar pueden de tan llenos que están pero que aún así se acercan a seguir picando, con la desgracia de que estos no son mosquitos ni matarlos puedo. Mis fantasmas.
Como te tengo a ti. Para que las cosas no se desequilibren, me dedico de lleno a sabotearme.
