Nadie recordaba ya los días de ausencia de Anryk.
Ausencia… Así habían decidido llamar a ese periodo sin el angemonio, se resistían a creer que estuviese lejos contra su voluntad. No, él estaba lejos por que así lo deseaba y en cualquier momento volvería.
Alguien llamó a la puerta y Enrique, por ser el más cercano a ella, se acercó a ver de quien podía tratarse. Muy rara vez alguien les visitaba, e invariablemente se trataba del propietario del hotel o del chico de mensajería. Esta vez se trataba de una mujer cuyo rostro se veía oculto bajo el amplia ala de su sombrero.
–¿Sí?
La mujer se quitó el sombrero, descubriendo su rostro de bellas facciones y su cabello, cortísimo, de un vivo color violeta.
–Busco a Anryk.
–El no está aquí.
Habría cerrado la puerta de haber podido hacerlo, pero algo en la mirada de la mujer le impedía moverse. Sintió cómo hurgaba descaradamente en sus pensamientos y su semblante decepcionado le alivió, al parecer no había logrado descubrir lo que quería.
–Si me disculpa– dijo, intentando no perder la cordialidad.
Por toda respuesta la mujer esbozó una bella sonrisa al tiempo que volvía a colorase el sombrero.
Fue una fracción de segundo, pero Enrique se sintió poseído por alguna fuerza que lo dominó por completo. La puerta aún no se cerraba y la mujer se disponía a dar media vuelta para marcharse cuando Angelyc cruzó el pasillo. Los ojos de la mujer se clavaron en ella, sin duda se habría precipitado dentro del apartamento si Enrique no hubiese cerrado de golpe la puerta y se recargara en ella intentando con esto imposibilitar la entrada.
Anveriel se detuvo a medio pasillo, junto a Angelyc. La imperiosa mirada de Enrique las obligó permanecer inmóviles varios minutos. Lo vieron temblar de pies a cabeza mientras giraba sobre si mismo, apenas apartándose de la puerta. Con miedo incluso de respirar, corrió despacio la ventanilla de la puerta. El susto lo hizo caer de espaldas y arrastrarse hasta las chicas que lo observaban cada vez más preocupadas.
Un par de fieros ojos negros en su totalidad le observaron directamente a los ojos al asomarse. No fue más de un segundo, pero sintió más miedo del que jamás había sentido. Mientras Anveriel y Angelyc lo abrazaban para intentar tranquilizarlo tuvo la impresión de que aquél ser ya se había marchado.
* * *
Enrique viajaba literalmente recostado sobre Angelyc y Anveriel, para asombro y diversión del taxista que de cuando en cuando le lanzaba miradas cómplices por el retrovisor, mientras que el se limitaba a ignorarlo, trataba de ignorar todo. Su enfermera de cabecera sostenía que aún no estaba en condiciones de hacer esfuerzo alguno y se limitaba a obedecerla.
Habían decidido, tras escuchar la atropellado anécdota de Enrique que corría de un lado a otro del apartamento poniendo seguros a todo, en ir a buscar al tal Arthur, a ese peculiar humano que sabía, sino de su existencia, al menos de la de Anryk. No sabían a quien más poder recurrir en busca de ayuda o consejo sin correr el riesgo de ser llevados a un manicomio.
–¿Estás bien?– preguntó Anveriel en un susurro.
–Si, todo, todo está bien– respondió Angelyc sacudiendo la cabeza. No había dejado de pensar en el ser que había visto en el hospital. Esa mujer podía tanto ser su aliada como también su enemiga. Al parecer estaban movilizándose para darles caza, su pequeña época de tranquilidad ya era historia.
* * *
Arthur Harkish se encontraba a punto de entrar a su limosina cuando un taxi estacionó justo a media calle y de el se apearon 3 individuos. Un joven con el brazo derecho aparentemente enyesado y 2 hermosas jóvenes, vestidas ambas idénticas con jeans blancos y playeras holgadas de mangas largas en color negro. Daban la impresión de ser la escolta personal del hombre.
Un aire, literalmente celestial, irradiaba de ambas jóvenes. Mientras que el hombre parecía querer aclarar sus ideas antes de hablar.
–¿Arthur Harkish?– preguntó por fin.
–Su servidor– respondió. Extendió una mano para saludarles. –Díganme, ¿en qué puedo servirles?
–Verá, me temo que hemos llegado en un mal momento– dijo Enrique observando al aparentemente impaciente joven que esperaba a que su jefe se dignara subir a la limusina. –Nuestro asunto es sobre… Usted y nosotros tenemos un amigo mutuo, Anryk.
El semblante de Arthur se ensombreció un momento. Les invitó entrar al edificio con la mirada. Mientras subían los escalones le oyeron discutir con el joven, hasta que finalmente aquél cedió y se alejó con rapidez en la limusina. Tras ordenar que nadie le molestara por ningún motivo los alcanzó en el elevador.
Las jóvenes, tomadas de la mano, se acercaron al ventanal nada más poner un pie dentro de la oficina. Enrique asintió a Arthur ante su mirada interrogadora, sin duda recordaba que Anryk había tenido una reacción muy parecida.
–Y bueno… ¿Qué le ha pasado a nuestro amigo?– preguntó Arthur tomando asiento frente a Enrique, tenía la impresión de que hablar con el era lo indicado.
–Creo, a menos que me equivoque, que Anryk lleva más de un mes desaparecido. Lo sé porque yo tengo 15 días con esto– señaló su brazo. –Y antes de que me lo pusieran, Anryk ya tenía cerca de dos semanas sin aparecer por el apartamento.
–¿Pero, desapareció cómo?
–Ese es el punto. Angelyc– la señaló –asegura que salió del apartamento como todas las mañanas, ella no quiso acompañarle y el aseguró que volvería antes del ocaso. Tenía la costumbre de nunca estar fuera por la noche. Pero no regresó, ni al día siguiente, ni al siguiente… Anveriel tuvo la idea de ir a buscarles.– Ella se volvió a verlo al escuchar su nombre. –Nosotros no sabíamos lo de Anryk, fue por ello que nos quedamos con Angelyc. Y desde entonces no tenemos noticias… Teníamos la esperanza de que usted supiera algo de su actual paradero, pero me temo que no puede ayudarnos.
–Temes bien, amigo– dijo Arthur recargándose en el sillón. –He visto a Anryk menos veces de las que imaginas, supongo que por ello no sospecho nada de sus ausencias. Sé que cuando necesita algo invariablemente acude a mi, así pues, su ausencia para mi es una señal de que se encuentra bien…
–Pero el no está bien– dijo Angelyc acercándose. –Yo sé que no está bien, el no estaría lejos de mi, de nosotros, a menos que algo o alguien le obligara hacerlo.
–¿Qué sugieres entonces?– preguntó Arthur ocultando con éxito su fascinación por la joven.
–No sé… Yo se de los humanos menos de lo que me gustaría… Y se de otros seres poco menos aún…
–¿A qué vienen a cuento los Otros?– preguntó Anveriel sentándose junto a Enrique, quien apenas y tuvo tiempo de recorrerse lo necesario.
–¿Quién más si no Ellos?– preguntó Angelyc reprimiendo un sollozo.
–Podría ser… Pero no tenemos pruebas, a menos que ustedes dos confirmen mis sospechas– dijo Anveriel observando alternativamente a Angelyc y Enrique, al igual que Arthur que se esforzaba por comprender la situación.
–¿De qué hablas? ¿Qué sospechas tienes?– preguntó Enrique rompiendo el incómodo silencio. La imagen del sujeto casi ordenándole guardar el secreto se había fijado en su mente.
–De ti acepto que trastes de mentirme, no lo apruebo, pero lo acepto. ¿Pero tú?– Se volvió a Angelyc con el ceño fruncido. –Sabes que mentir no es nuestro fuerte. Sabes que luego de Anryk, creo, soy yo quien más sabe de Ellos, porque yo he pasado toda mi existencia haciéndoles frente. ¿Por qué me ocultas lo que sabes? Yo también quiero saber donde está Anryk. Estoy dispuesta ayudar en lo que sea necesario.– Anveriel se puso de pie sobre la mesita de centro y para asombro de todos extendió sus alas. –¿Alguna vez te has preguntado por qué las tuyas son tan níveas?– Angelyc negó con la cabeza, sentía que intentar decir cualquier cosa la haría comenzar a llorar. Se sentía culpable, Anveriel tenía razón, no debió ocultarle lo que sabía. –Por que tú eres una Guardiana, Angelyc. El filo de la guerra jamás te tocará.
Dominando el desconcierto y el temor que sentía, Arthur se puso de pie y extendió una mano hacia las alas del Anveriel, ella las agitó un poco, sonriendo. Arthur permaneció unos instantes abriendo y cerrando la mano; luego de dejarle acariciar la punta de sus alas Anveriel volvió ocultarlas con un ligero vaivén; sin saber que hacer para demostrarle lo mucho que había significado ese pequeño gesto para el, Arthur tomó a Anveriel de la mano y la besó como antaño hacían los caballeros.
–Tu y Anryk son más parecidos de lo que pensaba– dijo Angelyc sentándose junto a Anveriel. Enrique se había visto relegado a ocupar un pequeño banco cuadrado.
–Enfoquémonos a lo que importa.
–El día que dejamos el hospital, vi a uno de Ellos. Por un momento creí que era Anryk… Y además me dejó en claro que también lo buscaba.
–Al menos sabemos que el no lo tiene.
–¿Y la mujer de hoy?– preguntó Enrique.
–Quiero hablar de tu atacante. Es obvio que ella también lo buscaba, de hecho ahora nos buscarán a los tres…
–Si necesitan otro lugar donde ocultarse…– dijo Arthur, quería ayudarles de alguna forma. Se sentía como el Protector Mortal de Anryk, aunque el propio título indicaba la inutilidad de su causa. Un mortal queriendo proteger a un ser inmortal…
–Quizás sea necesario. Aunque primero deberíamos saber de quien se trata, averiguar quien es el enemigo de mayor peligro.
–¡Habla de una vez para saberlo!– exclamó Anveriel dispuesta, al parecer, a sacudirlo para hacer que hablara, comenzaba a perder la paciencia.
–Sí, me atacó alguien.– Dijo Enrique finalmente. –También yo por un momento creí ver a Anryk. Luego creí verlo en el hospital. Estoy casi seguro de que es el mismo sujeto al que vio Angelyc.
–Él, al igual que ustedes, debe tener un sitio donde mantenerse a resguardo, ¿no creen?– Arthur se golpeaba la sien con el índice de la mano derecha. Siempre había querido ser detective, pues se creía bueno para ello. Estaba haciendo trabajar a su cerebro a gran celeridad. –Aunque haya pagado la cuenta del hospital con efectivo, debieron pedirle sus datos, como mínimo obtendrían hasta su dirección. La recepcionista debe recordarlo. Es que, vamos… Ustedes son seres que uno no olvida fácilmente.– Observó a ambas jóvenes con un sonrisa.
–Tiene razón, Arthur. Y no diré que debió habérseme ocurrido porque no es cierto.
–Ten más fe en ti, amigo.
–Hay que ir al hospital de nuevo– dijo Angelyc poniéndose de pie.
–Eso haremos.
–Toma, sólo yo conozco el número. Tengo muchos contactos, déjenme encargarme de esto. Les llamaré en cuanto averigüe algo– dijo Arthur dándole su celular a Enrique. Éste vaciló un momento antes de tomarlo. Se trataba de un modelo de última generación, casualmente el modelo que había soñado poder comprarse, quizás para Navidad, pero que dudaba poder tenerlo.
–Ellas me registraron como Enrique Thomas, en el hospital del sur de la Buenaventura.
–Veo por tu expresión que ese no es tu nombre– dijo Arthur sonriendo.
–Enrique lo es, pero mi apellido es Durán.
–Un momento…– dijo Arthur luego de escribir los datos. –¿El Durán del diario El Vigilante del Norte?
–En mis mejores años, sí…
–¿Pero cómo…?
–¡A caminar!– exclamaron las jóvenes tras conseguir abrir la puerta del elevador.
–Luego le explicaré. Es una historia más común de lo que parece.
Tras un fuerte apretón de manos, Enrique alcanzó a las jóvenes y los tres desaparecieron dentro del elevador. Arthur se encaminó mecánicamente al minibar y luego de servirse un razonable trago de whisky comenzó a revolver su agenda en busca de los nombres que necesitaba.
Una vez fuera del edificio, y tras observar en derredor por varios minutos, se encaminaron a cualquier parte. Con suerte y estaban dejando que sus miedos los dominaran. Quizás en alguna parte del camino se encontrarían con Anryk y la pesadilla habría terminado antes de cobrar fuerza… Quizás, o quizás no.
By:A.I.V.P.®