El Amor
hoy es unode esos dias, mas bien es uno de esos momentos… en ke kisiera ke no existiera, xD pero todos sabemos ke en los siguientes segundos pensare lo contrario, xD En fins… pese a ke ultimamente, sease esta semana, he estado pensando ke estoy gorda, aunke la cinta metrica meha dicho ke me conservo en mi peso y medidas estandar, xD y eso ha ayudado a mi depresion, ire a buscar galletas!! Adeu!!
Hoy, Ayer y Quizás Mañana…
26 MayNovedades
22 MayDecisión y confusión®
22 MayLo despedirían, estaba seguro de ello, ya había perdido la cuenta de los días que llevaba faltando al trabajo. Ya había perdido la loca idea de inventar una excusa, ya había perdido las ganas de ir en busca de las pocas pertenencias que estaban en su oficina. Ya había perdido incluso la esperanza de que, con suerte, Carla, la recepcionista, le llamara para contarle como estaban yendo las cosas.
Volvió la vista hacia ella, había rechazado la oferta que le habían hecho los otros dos, de vivir con ellos, a el le había picado la curiosidad sobre ese apartamento habitado por ángeles… Pensar que nadie lo suponía…
Cuando hicieron la sugerencia de que ambos podían vivir con ellos, ante la indecisión que aparentaba Anveriel, sintió que el alma se le escapaba. Aquello si que sería la locura. Una muy atractiva locura, pero locura a final de cuentas.
Anveriel le había preguntado que opinaba. Y tuvo que mostrarse prendado irremediablemente de ella, para su suerte ninguno pareció notarlo, le dijo que sin duda estaría bien con sus semejantes. Pero que a el no le presentaba ningún problema tenerla en su casa… Ningún problema, en menos de una semana debía pagar el alquiler y la luz. La despensa estaba casi vacía, era una suerte que ella se limitara a comer algo muy ocasionalmente y sólo para hacerle compañía.
Antes no habría supuesto problemas, pues en cuanto le pagaban saldaba todas las deudas, pero ahora no había un pago que esperar, y no podía salir en busca de un trabajo. No podía, no quería dejarla sola. Era como una niña pequeña que necesitaba supervisión continua, las cosas más simples la asustaban y las más inverosímiles la cautivaban.
Lo había sorprendido en la ducha en contadas ocasiones, guiada por el sonido del agua y por el aroma del shampoo, no tenía idea de con que velocidad extraordinaria se envolvía en la toalla y escapaba asustado, provocando que ella estallara en carcajadas por la expresión absurda que debía surcarle el rostro mientras huía.
Cuando dormían se abrazaba a el para sentir la textura de su pijama. Una pijama que la mayoría de las mujeres que habían llegado a contemplarla repudiaban e incluso les causaba incontables ataques de risa. ¿Qué tenía de malo ese modelito de tela suave y ligeramente aterciopelada con figuras de coches? Eran coches, ¡eso no dejaba de ser masculino!
Levantó la vista al ver que alguien jalaba el periódico que tenía frente a si sobre la mesa. Su mirada tenía un dejo de impaciencia, quien sabe cuanto rato llevaba observándole y el, absorto como estaba en su mundo de ideas locas, no había reparado en ella.
–Interfiero con tu vida– le dijo de golpe.
–¡Claro que no! ¿Por qué dices eso?– se apresuró decir. Temía más a perderla que a la muerte.
–Lo sé. Te siento preocupado. Tu vida era normal hasta encontrarnos.
–¡Si nos encontramos fue por algo!
–Quizás para mostrarme que no debo interferir en las vidas humanas.
–Pero…
–Por eso también los encontré a ellos. Ellos viven aislados. Asi debería estar yo también.
–¿Quieres dejarme?– ignoró lo alarmada y casi reprochadora que sonó su voz. Ya había perdido la cuenta de las veces en que había hecho esa pregunta a las mujeres.
–Es algo que debo hacer. No algo que quiera hacer.
–Deja que sea yo quien se preocupe por mi. No lo hagas. No vayas con ellos, o a donde sea que pienses ir.
–Tu te preocupas por mi– dijo Anveriel tomándolo de la mano. –Yo debo preocuparme también por ti.
–Te necesito.
Anveriel lo soltó, como si algo la hubiese asustado, se recargó en la silla, inclinándola peligrosamente sobre las patas traseras. Enrique la observó un momento para luego hundir la cara en la mesa, llevándose ambas manos sobre la cabeza.
Que tonto había sido al decirle eso. Pero no pudo evitarlo. No le importaba pasar mil penas por estar con ella. Ahora su vida tenía un sentido, ya no era un tipo que vagaba por la vida inmerso en la rutina, con sueños rotos y ambiciones vanas.
–No puedo cuidar de ti… Temo fallarte… Así como les fallé a los míos– dijo Anveriel por fin, rompiendo el pesado silencio que había caído sobre ellos.
–No te pido que lo hagas– dijo Enrique sin levantar la vista.
–¿Entonces qué quieres de mi?
–Déjame ser yo quien cuide de ti. Déjame estar a tu lado.
Extendió una mano sobre la mesa, ella se acercó y la tomó entre las suyas.
–¿Por qué?– preguntó suavemente.
–Pues porque así tiene que ser. No me cuestione, cadete Anveriel– dijo Enrique levantándose, sin muchas ganas, pero esbozando una sonrisa.
–¿Por cuánto tiempo?– preguntó ella sonriendo.
–Hasta que en verdad no nos quede de otra y debamos separarnos.
–Esta bien… Pero creo que si debemos ir con ellos. Tu ya no tienes un trabajo, lo sé, no intentes mentirme. Anryk conoce a un humano muy bueno, el podría ayudarte. Si yo estoy con ellos mientras trabajas no tendrás de que preocuparte.
Enrique abrió los ojos sorprendido, ella sin duda era muy inteligente, o por lo menos más sensata, que el. Esa idea no le había rondado la cabeza en ningún momento. Era una idea disparatada, el era experto en tener esas ideas, pero aun así, no sonaba ilógica ni imposible.
Se puso de pie y se situó a su lado, la instó levantarse y la abrazó con fuerza, murmurándole un: “Gracias” al oído. La tomó de la mano y se dirigieron a la puerta, jaló el par de gabardinas del perchero y salieron.
Debían ir en busca de “los otros” ahora que apenas comenzaba la tarde, pero antes tenían que pasar a la nevería, la tarde anterior le había contado a Anveriel que se estaba perdiendo uno de los mejores placeres de la vida al no haber probado el Helado de Cajeta.
Desvelo… Vale la pena, XD
19 MayO… O… Boys…
16 MayEllos®
16 MayEl sombrero de ala ancha y la posición de la cabeza impedían ver algo más que la barbilla y los labios cuidadosamente coloreados. El vestido largo y amplio se mecía con suavidad. Ambas manos sobre el regazo daban a la mujer un aire de serena espera.
Un pensamiento que no lograba definir rondaba la mente de Anryk desde que salió del piso 47. A cada paso sentía una ligera punzada en la espalda. Era un día cálido pero por alguna razón se había puesto la gabardina que ondeaba a su espalda, al igual que el cabello suelto y aún húmedo.
Se detuvo antes de llegar a la banca frente al lago puesto que había alguien allí. Se sentó a regañadientes en la más cercana, no podía hacer otra cosa, en ningún sitio decía que esa banca fuese suya… Pero nadie antes la había ocupado, al menos hasta donde recordaba, usualmente por que los patos en su idas y venidas la ensuciaban o salpicaban. Los mismos patos que justo ese día nadaban en la orilla opuesta.
Sonrió para sí al pensar que tal vez Arthur podría hacer algo para que esa banca fuese de su propiedad. Entonces no la compartiría, con nadie… Bueno, quizás con Anaís… Sí… Con ella la compartiría.
Levantó la vista hacia la mujer luego de un momento de sentirse observado. Ella llevaba observándolo desde que se sentó y no parecía estar dispuesta a dejar de hacerlo. Ante su sonrisa tuvo que sonreír. Y luego bajar la mirada nuevamente, maquinando un plan para hacerse de esa banca que para los demás era igual que las otras.
Era raro que lo tomasen desprevenido pues por mucho que pareciera estar en perdido en su mundo sus sentidos siempre estaban alertas. Pero esta fue una de esas contadas veces. No logró advertir cómo ni en que momento la mujer se había sentado a su lado… Peor aún, cómo el había terminado sentado junto a ella…
–Aún hay muchas cosas ocultas para ti, Anryk…
Cualquiera que pasara en ese momento vería a una pareja sonriéndose el uno al otro, nadie, salvo uno de ellos, lograría advertir el duelo mental que ambos sostenían.
–¿Quién te envía?– preguntó Anryk intentando controlarse.
–No quien piensas– respondió la mujer.
–¿Acaso sabes lo que pienso?
–¿Acaso no te hice venir a mí?
Anryk permaneció en silencio, intentó ponerse de pie y volver al refugio del piso 47. No quería tener nada que ver con ninguno. Nada.
–¿Asustado?
–Sorprendido.
Por más que lo intentó, no pudo ponerse de pie, había perdido toda movilidad a voluntad.
–Dime de una buena vez, ¿qué es lo que quieres? ¿A qué te envió?
–Necesito, necesitamos tu ayuda, Anryk. Tenemos un fugitivo, es nuestro derecho su reclamo, lo sabes bien. Pero le perdimos la pista. ¿Y quién mejor que tu para encontrarlo?
–¡Jamás te ayudaría! Ni a ti, ni a Él… Yo estoy aquí por Ellos. ¿Cómo crees que te ayudaría a capturarlo?
–La… capturarla…
El sentimiento fue tan fuerte que Anryk logró ponerse de pie ante el asombro de la mujer que no alcanzó detenerlo. Comenzó correr, tan rápido como pudo, hasta detenerse frente una casa de fachada azul, frente la casa de Anaís, justo cuando ella salía.
–¿Anryk, que…?
–Ayúdame, Anaís… ya te diré…
La joven guardó silencio mientras ambos entraban.
* * *
Anaís estaba sentada en el sofá, con expresión expectante mientras el angemonio ponía seguro a puertas y ventanas. Tras un largo momento de silencio, la joven comenzó avanzar a tientas por la sala, hasta que Anryk la tomó de un brazo y la ayudó sentarse a su lado, en el suelo, en el rincón junto al librero, en penumbra.
–¿No te asustas, verdad?
Ella no sabía cómo responder esa pregunta. Había dado por sentado que Anryk era un joven especial, callado, sensible, de fiar. Buscando su rostro con las manos le sonrió.
–Confío en ti.
Por toda respuesta Anryk la abrazó con fuerza, con tanta fuerza que ella sin saber cómo reaccionar optó por guardar silencio y quedarse inmóvil.
–Dime, ¿qué pasa?– preguntó Anaís por fin.
Anryk dejó escapar un profundo suspiro.
–¿Qué crees que sea?– preguntó tomando la mano de Anaís.
La joven comenzó recorrer la zona con ambas manos, tanteando cada centímetro, la textura era suave, cálida, como si lo que tocara tuviera vida… Era grande, pero sin duda no se hallaba extendida en su totalidad… Siguió su forma de modo ascendente, hasta llegar a la espalda, al hombro… Las manos de Anryk tomaron las suyas…
–¿Son… tienes… alas?– preguntó Anaís sin poder ocultar el temblor de su voz.
El “Sí” de Anryk fue más un suspiro que una respuesta.
–¿Qué ha pasado? ¿Qué te ha pasado? ¿Por qué…?
–¿…no te lo había dicho antes?
Anaís asintió. Se le veía nerviosa y confundida…
–¿Tú… me crees? ¿Qué es lo que crees?
Esas preguntas sí que eran difíciles de responder. La joven sabía que el giro que tomaran las cosas dependería de sus respuestas. No mentiría, pero ser totalmente sincera quizás no era lo indicado. Nunca antes se había sentido tan confundida como hasta ese momento.
Decían que los ojos no mienten, que basta una mirada para saber lo que una persona oculta en su interior… pero ella ya no poseía ese don… Confiar sólo en su tacto era difícil, no pocas veces había sido presa de bromas de mal gusto…
Pero algo le decía que había verdad en esa situación, algo se lo decía, su corazón, el único que nunca le mentía… Jamás vería como era Anryk, pero la imagen mental que tenía de el, al recordarlo, era siempre la misma, siempre… Anryk, para ella, era como… un ángel, como su ángel de la guarda…
–No sé…– respondió por fin. –Sabes que desde que te conozco, de algún modo, confío en ti, de forma plena, no puedo siquiera pensar que me mentirías… Pero, sabes también, que no soy más que un ser humano… Un humano más vulnerable que los demás, que por ello debe estar a la defensiva todo el tiempo. Ni yo lo entiendo… Pero, puedo decirte, que te creo. Que sé que no mientes.
–Aun si, si yo, te contará… No entenderías todo…
–Podrías intentarlo.
–No soy… un ser… mágico. No lo soy– Anryk sacudió la cabeza negando la idea. –Si, me atrevo, a suponer lo que piensas… Yo era, antes, de estar aquí… Yo era, lo que imaginas.
–¿…un, eras un, ángel?
Anais sintió a Anryk agitarse un momento, para luego acomodarse entre sus brazos, como un niño pequeño y asustado. Ella recargó su rostro sobre su frente. ¿Qué debía pensar? Quizás pensar era justo lo que no debía hacer. Debía limitarse a creer.
–Las cosas allá, no son como las imaginan… Las cosas en ningún lado son como suponen… Yo, siempre, he sido, un problema, soy, muy… inconforme…
–¿Pero por qué estás aquí? No ahora, me refiero, a… aquí.
–La historia, es la misma… Discutimos… Lo dejé…
–Supondré, que intentas, o intentabas, conocernos, comprendernos, pero, que algo ha salido mal– dijo Anais, se sentía más tranquila. No lo acosaría con las dudas existenciales que todo humano tenía.
–El bien y el mal existen, Anais… Existen… No hay, una barrera entre ambos… Coexisten juntos… Pero las leyes, no suelen seguirlas todos…
–¿Estás en peligro?– preguntó Anais de pronto. Ella siempre había pensado que los ángeles caídos, no todos, merecían ese castigo.
–No… no se… No lo creo… Soy poderoso… Demasiado… Soy libre… Hacerme daño, no pueden… Pero saben, que podrían manejarme… Lastimarme de alguna forma…
Anryk se alejó de los brazos de Anais, ¿qué estaba haciendo al contarle todo eso?… Ella seguía en su lugar, dándole su espacio, para que pudiera pensar. Observó su rostro delgado, sus ojos castaños. A primera vista nadie creería que no percibían imagen alguna. Hasta ese momento advirtió que llevaba el cabello suelto, era la primera vez que la veía así, siempre solía llevarlo atado en una cola. Se acercó a ella de nuevo y con ambas manos comenzó acomodarle el cabello alrededor del rostro, como si peinara una muñeca. Ella dejó escapar una sonrisa.
–Debo irme… Debo advertir a los otros… Luego, te contaré– dijo al advertir la expresión de asombro que surcó su rostro. –Quisiera, contarte tanto… Pero, ahora debo arreglar esto… No salgas. No lo hagas– la atrajo con un rápido movimiento y la abrazó, le invadió un miedo inexplicable. ¿Qué pasaría si le habían seguido? ¿Qué harían si sabían de su existencia? No, no debía pensar en ello, ellos tampoco, no sabían el terrible error que cometerían si la tocaban. –Yo vendré, te cuidaré. Debes, disculparme. Quédate aquí.
–Anryk… No puedo hacer eso… Debo trabajar, no puedo simplemente desaparecer. Tengo cosas que hacer, como los demás humanos…
–¡Te traeré de mis galletas!
Anais se echó a reír sin poder evitarlo. Esta vez fue ella quien lo abrazó. –Anryk, eres un milagro. No sé por qué apareciste en mi vida y no me importa no saberlo.
–¿Entonces si aceptas las galletas?– preguntó el angemonio acariciando su cabello.
–Si, las acepto. Pero debes estar tranquilo, estaré bien.
El angemonio deshizo el abrazo de mala gana y la observó de nuevo, la sonrisa la hacía ver más hermosa. Se sintió irresistiblemente atraído, casi como le pasaba con las galletas.
Sin detenerse a pensar, acercó sus labios a los suyos, en un tierno beso que le provocó un cosquilleo en todo el cuerpo. Se alejó sin atreverse abrir los ojos. Se puso en pie temblando.
–Cuídate, hasta que vuelva.
Salió con la misma prisa con que había entrado, se refugió en la esquina de enfrente, manteniendo la vista fija más allá de las cortinas. Ella seguía sentada en el suelo. Se había llevado una mano a los labios. La vio levantarse y encerrarse en su habitación. Sonrió. Las galletas sin duda estaban cumpliendo su maldición, estaban volviéndolo loco.
Llegó al techo de un salto, escudriñó su alrededor con atención, no había rastro de esa mujer ni de ningún otro ser. Debía volver en busca de Angelyc… quizás debía contarle lo que había pasado. Y tenían que buscar a Anveriel. La tranquilidad de la que habían gozado hasta ese momento estaba amenazada y no iba a permitirlo por mucho tiempo. Era hora de darle una lección a esos seres.
Una reunion inesperada®
12 MayUna tras otra, sin la menor pausa en más de dos horas, las cálidas lágrimas rodaron por sus mejillas. Provocando que su mirada se viese difusa, ajena. Mas su aparente indiferencia radicaba en el hecho de no saber qué eran o a qué se debían esas extrañas y nuevas sensaciones.
Él tomó su mano entre as suyas mientras permanecía a su lado y en silencio.
Qué extraño era todo, sin duda, pero no podía negar que en cierta forma le agradaba. Por momentos quería salir corriendo a la calle y decirle a todos los que encontrara en su camino que un ángel se hospedaba con el… ¡Sí, un ángel!… Aunque seguramente nadie le prestaría mas atención de la que necesariamente se le presta a un loco… Eso si tenía suerte, ya que lo más lógico sería que alguien llamase a la policía y lo enviran a prisión por armar tumultos, por obstruir el tráfico, incluso por faltas a la moral… O lo enviarían al psiquiátrico, y de allí sólo un milagro lo salvaría… Un milagro… Toda ella era un milagro…
Volvió el rostro hacia ella y sonrió al verla tranquila, serena… Diría se angelical…
–¿Ya estás mejor?– le preguntó en voz baja.
–Podrías decirlo asi– respondió ella con indiferencia, para luego sonreír.
–Bueno… ¿Qué quieres hacer ahora? Si respondes “Bajar” créeme que no me opondré.
Observó abajo por un momento, estaban sobre la azotea del último piso del edificio. Aún no lograba recordar como lo había convencido de subir.
Anveriel sonrió mientras lo ayudaba bajar. Tenía que aceptarlo, no pudo haber encontrado mejor humano que el.
* * *
Enrique no podía evitar observarla en todo momento. Le había parecido linda mientras iba junto a el en jeans y playera holgada, pero ahora, con ese vestido negro y las botas altas del mismo color, se sintió perdido.
–¿Más humano?– preguntó ella girando frente a el para que apreciara el vestido en su totalidad.
–Te diría que celestial– le respondió a modo de broma.
Caminaban tomados de la mano, sin rumbo aparente, cuando Anveriel se detuvo, y lo detuvo, de pronto.
–¿Qué pasa, qué escuchas?– preguntó Enrique observando en la misma dirección que ella pero sin advertir nada extraño.
Las mismas gentes, nada más que mortales, iban y venían por ambos lados de la avenida frente a ellos.
–Hay otros… Otros como yo…– respondió Anveriel en un murmullo.
Lo tomó del brazo y avanzaron con firmeza a través del mar de gente que los separaba del centro comercial.
* * *
En el pasillo favorito de Anryk, donde se hallaban las cajas de galletas, la gente sonreía al escuchar las carcajadas de Angelyc ante las interminables muecas y gestos que hacía el angemonio antes de tomar una caja de galletas.
–¿Pero es que en verdad no las oyes?– le preguntaba mientras se pegaba a una de las cajas para “escuchar” mejor.
–¿Pero es que tu estás seguro de no haber caído cabeza abajo?– le preguntó Angelyc antes de volver a reír.
–¡Soy como los gatos! ¡Siempre caemos de pie!– exclamó el angemonio comenzando saltar a su alrededor.
De súbito se detuvo a su lado y con una mirada le indicó que guardara silencio y fijara la vista en el principio del pasillo. Una pareja los observaba, ella parecía querer adivinar algo con sólo verlos.
–¡Pero si es un ángel!
Las palabras escaparon de labios de Anryk y la joven al mismo tiempo.
–No puedo creerlo…– murmuró Angelyc mientras caminaba junto al angemonio en dirección a la pareja.
* * *
–Tranquilo. No temas. Estás a salvo conmigo– dijo Anveriel tomándolo de la mano.
El joven se quedó sin habla cuando los dos seres estuvieron frente a ellos. Ambas mujeres eran tan parecidas y tan notoriamente opuestas, no lograba explicárselo. Un escalofrío le recorrió la espalda cuando “el hombre” sonrió, dejando al descubierto sus, en apariencia, afilados colmillos. Más por costumbre que por otra cosa, Anveriel se llevó la mano al pecho mientras decía:
–Cadete Anveriel del hoy extinto Batallón Celeste Sección 7…
–Angelyc, ex guardiana– dijo la otra joven con una sonrisa.
–Anryk, sólo Anryk– dijo el angemonio cuando volvieron la vista hacia el. Dio la vuelta y fue en busca de una caja de galletas.
–Sus nombres se me hacen conocidos, más el de él– dijo Anveriel.
–Sí… Éramos “algo” conocidos allá. Él más que yo. Su expulsión fue…
–¡Retiro! Lo mío fue un retiro– dijo Anryk mientras se acercaba de nuevo con la caja de galletas entre los brazos, parecía protegerla como si se tratara de un tesoro.
–Sí, eso, tu retiro… Fue algo que se supo en todas partes, al menos eso suponíamos y tu nos los acabas de confirmar– dijo Angelyc abrazando al angemonio para que dejara de caminar de un lado a otro.
–Tu… tu eres… ¿el que se reveló?– preguntó Anveriel en voz baja.
–Eso… sí… puede ser– respondió el angemonio haciendo caso omiso a los cariños que Angelyc le proporcionaba. –Y a todo esto, ¿quién eres tu, joven amigo?– preguntó observando al humano.
–Ah, yo, pues… Mi nombre es Enrique… Yo la encontré, nos encontramos, así nos conocimos– respondió entrecortadamente.
Había esperado todo, menos que le hicieran una pregunta tan inesperadamente directa.
El angemonio no dejaba de reír ante la actitud sumisa y casi que temerosa de Enrique. Lo entendía, pues el se sentía justo así cuando se hallaba rodeado de humanos. Pero no podía evitar encontrar aquello muy gracioso, ¿por qué iba temerles?, ¿qué acaso no les enseñaban desde pequeños a creer fervientemente en que ellos eran seres únicamente creados para ayudarles?…
* * *
La noche los sorprendió en la terraza de un café, en una de las zonas más tranquilas de la ciudad. Hablando sólo entre ellos pues Enrique se limitaba escuchar y hacer preguntas muy ocasionalmente.
Otro día que no iba al trabajo, ¿cuántos iban ya?… Seguro acabarían despidiéndolo, eso si no se hallaba ya sobre su escritorio, o en recepción, su carta de despido… ¿Pero, qué atractivo ofrecía pasar más de medio día en la oficina? Aunque no pudiese contarle a nadie lo que estaba viviendo, ¡prefería mil veces estar allí sentado en compañía de esos seres superiores que degustaban por primera vez en su existencia un café frappé, a soportar los regaños infundados de su Jefe sólo porque el archivo XH2 no estaba en la carpeta A276!
Ayer y anteayer
12 MayNOTA
10 MayNo más soledad®
10 MayEl cálido contacto de un cuerpo abrazado al suyo evitó que Anryk se agitara como de costumbre para desperezarse, no sabía cuánto habían dormido, es más, ella aún dormía. Se limitó a estirarse ligeramente para no despertarla y luego permaneció quieto… Podía asegurar que habían dormido más de 12 horas… Observó de reojo la herida. Tal como suponía en su lugar apenas se advertía un pequeño rasguño.
Volvió la vista hacia ella al sentir que despertaba, le apartó el cabello de la cara y la observó con interés. ¿Cuál sería su reacción? ¿Recordaría lo que había pasado? ¿Se asustaría?… Sin duda esperaba todo menos lo que pasó. Aunque por un momento no supo cómo reaccionar, se tranquilizó rápidamente, como solía hacer siempre. Adoptando su eterna indiferencia, o mejor dicho, su bien marcada forma de ser.
Angelyc deshizo el abrazo que los había mantenido juntos por casi todas las horas de sueño. Levantó la vista y se encontró con esos misteriosos ojos observándola. Se acercó a el y depositó un cálido beso en sus labios. Le dedicó una tierna sonrisa y se puso en pie para desentumirse. El dolor parecía haber desaparecido pero su cuerpo aún se resentía.
El angemonio se puso de pie tras estar varios segundos sin moverse. Tomó a Angelyc de la mano y la condujo a la cocina, quería salir de una vez por todas de la duda que lo atormentaba en sus ratos libres: Las malditas galletas…
Ella se sentó. Lo observaba curiosa mientras decidía que caja poner sobre la mesa. Finalmente se decidió por sus favoritas: las de chispas de chocolate. Angelyc atrajo hacia sí la caja. Un sonido proveniente de su cuerpo la hizo dejar la caja y colocar una mano sobre su vientre. Algo asustada buscó a Anryk que se encontraba vaciando el contenido de la caja en un frasco.
–Arthur dice que eso se llama hambre– dijo Anryk acercando una galleta a Angelyc –yo, sólo sé… no somos como ellos… es como… falso… lo sentimos… pero no lo necesitamos…
–¿Qué cosa?– preguntó Angelyc tomando la galleta y observándola sin saber que hacer.
El angemonio observaba de forma retadora el frasco, como esperando, queriendo provocar una reacción. Pero esta no se daba y al parecer eso lo enfurecía. Imitándolo, Angelyc se llevó a la boca la galleta y comenzó masticarla, tranquila, no con furia como hacia el angemonio mientras, recargado sobre la mesa, jugaba con el frasco haciéndolo rodar de su mano izquierda a su mano derecha.
Dejando escapar una sonrisa extendió la mano hacia Anryk, él sonrió a su vez mientras le daba dos galletas más. Compartían ese gusto. Pero él seguía siendo el único que las escuchaba… ¿Porque las escuchaba, no?
–¿Quién es Arthur? ¿Dónde estamos? ¿Por qué nos dejaste? ¿Qué somos ahora? ¿Qué debemos, qué debo hacer? ¿Estarás conmigo, me dejarás estar contigo? ¿Quiénes eran ellos? ¿Cómo que hay más como nosotros?
Anryk parpadeó un instante, tantas preguntas juntas, dichas tan de golpe… Había logrado aturdirlo, no había duda en ello… Él se había limitado adaptarse, como siempre lo había hecho… ¿Por qué a ella le resultaba difícil? Sería largo darle respuesta a todo eso…
Se encaminaron al balcón, al amado balcón del piso 47, fuera era un día soleado pero agradable, con una ligera brizna que llegaba a refrescarlos desde el sur. Se sentaron en el suelo, recargándose en el barandal, uno frente al otro, con el frasco de galletas y dos vasos con leche entre ellos.
Mientras Angelyc se deleitaba con la vista, Anryk meditaba en su mente las respuestas que daría… Porque algunas, ni el mismo terminaba de entenderlas… Y no quería por ello verla sufrir, nunca le había gustado.
Sus manos se rozaron al encontrarse ambas en busca de una galleta. Sonrieron. El angemonio se alejó y ella sacó dos galletas, le ofreció una y mordisqueó la otra observándolo. Esperando serena las respuestas que buscaba, que necesitaba.
–¿Quién es Arthur?…– preguntó el angemonio por fin. –Él es… un humano que sabe qué soy… El me da esto– dijo señalando con las manos el apartamento. –Me lo da… porque, el lo quiere así… Es un buen hombre… le conocerás… después… ¿Dónde estamos? Estamos donde los humanos, donde, sólo ellos están… ¿Por qué les dejé? ¿Yo les dejé? Eso… eso no es verdad… Yo, no podía, no más… Yo ya no soy lo que tu fuiste, ni lo que eres… Por ello ya no estoy mas ahí… ¿Qué somos ahora? No sé. Yo también… quisiera saber… ¿Hacer? Yo, siempre, me preocuparé más por ustedes… que por ellos –el angemonio volvió la vista a los tantos humanos que caminaban por las calles. –Tu harás lo que quieras hacer… cuidarlos aun, si quieres… ¿Estar tu y yo? Siempre… mientras la eternidad nos dure… ¿Quiénes eran ellos? Ellos son… aquellos contra quienes luchaba, los que siempre desean nuestro mal… Esos son ellos… ¿Otros como nosotros? Los siento… nada más los siento… Sé, que hay más… Lo sé…
Angelyc se puso de pie, se recargó en el barandal con ambas manos. Sus respuestas habían sido buenas, cortas, algo confusas quizás, pero ese era su modo de responder, como si siempre hablara sólo consigo mismo. Pero aún tenía una pregunta, una que quería y no hacer. La que quizás sería mejor no pronunciar, pues desataría más preguntas, tantas que lo más probable sería que el se fuera a cualquier parte con tal de no responderlas.
–… yo, sé que esa no fue la razón, aún no se cuál fue… Pero… se me ocurre, se me ocurrió… ¿Hay, algún modo de volver?… ¿Y si lo hay, volverías… allí… conmigo?…
–Si… quieres volver… haré que sea posible… pero olvídate de querer llevarme de regreso…
–Anryk, yo… ¡No es eso!…
El portazo hizo que Angelyc no se moviera. Bien, lo había hecho alejarse… pero volvería, tenía que hacerlo, en algún momento… ¿Cuáles habían sido sus razones, por qué no se las contaba? ¿Por qué le había dado a entender que estaba allí por el? ¡Eso no era cierto! No lo era, no del todo…
Caminó hasta la cama y se sentó, observando en derredor, qué curioso era todo… Una caja cerca de la mesa de noche atrajo su atención, la alcanzó y la subió a la cama… Estaba llena de papeles, tantos que le llevaría toda la tarde leerlos, si pensaba hacerlo… Eran sin duda los escritos de Anryk, no debía leerlos, no sin su permiso, pero, quería entenderlo, para poder ayudarlo…
Observó la puerta y después el balcón, no había rastros de él, quien sabe a donde había ido, quizás tardaría en regresar, quizás no, se arriesgaría, él jamás tardaba enfadado con ella, ¿qué podría hacer? Se arriesgaría a leerlos, por él, valía la pena correr el riesgo.
By.: A. I. V. P.®

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